Flea.

Lucía y el sexo (Julio Medem, 2001)

Mira, me paso el día entero

odiándote

destrozándote

deshaciéndote

pegándote entre los ojos

abriendo la ventana y empujándote fuerte

escupiendo tus letras mudas

riéndome de ti.

Sí,

me paso el día

corriendo hacia el otro lado

tirando de la cisterna

yendo a conciertos sin jazz

tratando de escribir.

Y te grito. Te maldigo. Te diluyo. Te corto las venas. Te aprieto el cuello. Te echo miedo en el café. Te desangro. Te piso. Te arranco la piel. Te quemo. Te pego. Te. Te. Te.

Y aún así,

joder

aún así,

me meto en la cama, pulso play y todavía [a lo lejos] te escucho reír.

 

 

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hotels.

hotels

Lost in Translation – Sofia Coppola (2003)

Me despierto en una habitación de un hotel de una ciudad que no es la mía.

Mientras me incorporo en la cama y trato de recomponer mentalmente las causas de por qué estoy yo allí, noto una presencia a mi lado.

Resulta que un hombre duerme sin hacer el más mínimo ruido pegado a mi brazo derecho.

Confusa, me quedo observándolo un buen rato. Su pelo despeinado. Su nariz prominente. Las arruguitas que se le han formado alrededor de los ojos. La barba de varios días. Me parece una imagen preciosa, calmada y llena de paz. Tanto, que la destrozo intentando tocarla. Acerco mi mano izquierda y la poso suavemente sobre su mejilla, como quien acaricia a un animalillo.

El hombre abre los ojos de repente y me llevo un susto de muerte.

-Hola [dice con voz ronca]

Mientras nuestras pupilas se acostumbran entre ellas y a la luz, mi cabeza no deja de ametrallarme con diferentes cuestiones: “¿quién será este hombre? ¿por qué está aquí conmigo? ¿Y si es un asesino en serie? No tendrá mujer e hijos, ¿no? ¿Alguna enfermedad contagiosa? ¡Oh Dios mío!”

-¿En qué estás pensando? [me pregunta]

A veces dudo si mi cerebro produce cierto ruido cuando entra en fase de centrifugado y si las personas que se encuentran a mi alrededor pueden escuchar algún pitido. Estaría bien saberlo.

-En nada. [Aquí pienso que debería callarme la boca. Pero como me llamo R y no lo puedo evitar, continúo con un] Bueno, sí, pensaba en un texto que escribí el año pasado en un blog que tengo. Se llamaba Two Strangers.

-¿Y de qué iba?

-Pues algo muy parecido a este momento. Iba sobre dos personas desconocidas que se encuentran una noche y se van a dormir juntas. Pero ni sexo ni nada, ¿eh? Ya sabes, solo dormir abrazados.

El hombre me sonríe y me gira entre sus brazos abrazándome contra su pecho. Apoya su barbilla en mi cuello y puedo sentir su respiración templada.

Yo, con todos mis músculos en tensión, tengo los ojos muy abiertos y cara de susto [aunque él no puede verla]. Se me hace tremendamente complicado, en la sobriedad de la mañana, que alguien absolutamente desconocido esté invadiendo tanto mi espacio vital. Mi mente sigue trabajando a altas velocidades hasta que se trilla y oigo un “shhhhhhh…”

Entonces me relajo y me dejo ir. Me escurro entre esos brazos que de repente no son extraños, son solo brazos, son solo piel. Dejo de tratar de analizar, clasificar, codificar y etiquetar el momento y simplemente lo siento, lo vivo, lo toco y lo huelo. Y ese abrazo me parece maravilloso, puro y desconocidamente verdadero.

Y claro, entre tanta relajación, me quedo dormida.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, el hombre ya se ha marchado.

Y mientras abro el grifo de la ducha, pienso en qué bonita es la vida. En qué bonito  es el ser humano y en qué bonitos son los desconocidos que se abrazan desnudos en habitaciones de hoteles.

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Real

Jeune et Jolie, François Ozon

Jeune et Jolie, François Ozon

Empecé 2017 de rodillas.

De rodillas y abrazada a la taza del váter. Chica, tenía que destilar la mezcla irracional de alcohol que me había metido al cuerpo después de las uvas. Una vez y no más, me prometí. Ya.

Pero fue durante esos minutos bilis y purpurina cuando se me ocurrió el mantra que llevo recitando incesablemente desde entonces:

Acept reality as it is

Even if it sucks

Even if it hurts

Even if it’s not what you expected

Y es que resulta que, a mis 25 años, estoy saliendo de la caverna de Platón por primera vez en la vida. Estoy descubriendo eso que algunos locos llaman realidad. Estoy aprendiendo, muy poco a poco y con mucha oposición por parte de Alicia [Alicia (en el País de las Maravillas) es como llamo a mi mente en su faceta más fantasiosa] a aislar los hechos que me suceden. Requiere tiempo y práctica pero más o menos es como jugar a ser científica y empezar a coger los hechos con pinzas, a ponerlos bajo el microscopio y a observarlos de la manera más objetiva posible. Sin juzgarlos, sin elaborar 3.457 teorías sobre sus causas, sin elucubrar 4.387 posibilidades futuras. Simplemente dejándolos ser. Y ay qué paz, oye.

Esta tarea se vuelve especialmente complicada cuando se trata de hechos desagradables que, sencillamente, no quiero aceptar ni asimilar de ninguna de las maneras. Como una niña caprichosa y sabidilla, sí, tal cual. Por tanto, si Z no me hace ni puto caso y solo se acuerda de mí los sábados por la noche entre la copa número 3 y la 7, mi mente pegajosa elaborará muchas teorías evasivas al respecto. Cada cual más absurda e inútil que la anterior. Todo lo posible para no atragantarme con la pura [t] realidad. Sin embargo, el día que conseguí frenar esa orquesta mental desafinada y aislar el hecho “Z no me hace ni puto caso”, ese día, lo vi todo claro.

Fue como, ¡pero joder nena, si lo tienes delante de los ojos! ¡Tienes las respuestas delante de las narices y no quieres verlas! Y es que si te paras a pensar, la realidad a veces apesta, sí, pero es tan clara y tan pura que te soluciona la vida. No tienes que hacer nada más que observarla. Pero en cuanto metes la pezuña mental, pum! explota como una burbuja.

Así que ahora intento dejar que las cosas sean como son. Que sucedan como tienen que suceder. Que duelan si tienen que doler y que bailen si tienen que bailar. Hace tiempo que dejé de preocuparme. Hace tiempo que, simplemente, todo está bien.

 

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Disculpe señor, ¿cuánto cuesta la libertad?

El otro día me desperté con angustia.

Cada vez me pasa menos, es cierto, pero todavía me sigue ocurriendo de vez en cuando. Cosas de la existencia humana, chica.

Rellené la cafetera y la puse al fuego en un intento de calmarme. Pero no funcionó.

Así que pasé al plan B: coger mi libreta roja y un boli.

No me salían muchas palabras racionales, así que hice este dibujo:

diario-copia

Me di cuenta, al terminarlo, de lo que había hecho con mi vida.

Había abandonado las filas.

Había dejado atrás la falsa seguridad de mi salario a fin de mes.

Había dejado atrás la aprobación de gente que me quería.

Había dejado atrás las promesas y los lujos de una vida estándar.

Había dejado atrás la comodidad de una vida ya escrita, ya prefabricada.

Me había, en definitiva, salido completamente del camino que se supone que debía seguir.

Entendí entonces que la angustia de aquella mañana provenía de todos estos pensamientos que zigzagueaban en mi cabeza como tarántulas negras. Comprendí, por fin, que el precio de la libertad era el vacío mismo del acantilado, la inseguridad, la soledad y el miedo. Pero, ¿estaba yo dispuesta a pagarlo? Y lo que es peor, ¿sería capaz de hacerlo?

Por tanto, pensé, si me había salido del camino ya hecho, entonces, ¿cuál era mi maldito camino?

Justo en ese momento alguien timbró al telefonillo. Me llevé un susto de muerte y el boli con el que estaba dibujando se me cayó al suelo.

Me quedé en silencio observando lo que acababa de ocurrir.

El boli [un boli bic azul normal y corriente, con la tapa algo mordisqueada (como la mayoría de los bic del mundo)] me miraba desde la alfombra desafiante en su coraza de plástico transparente. Y de repente, dejó de existir la habitación. Solamente quedamos sumidos en una calma extraña el bolígrafo y yo.

Pasaron segundos que parecieron una eternidad.

Hasta que el telefonillo sonó de nuevo y me despertó de golpe [malditos carteros que siempre me molestan en mis momentos de revelación, agh]

Me agaché y recogí el bolígrafo del suelo con mi mano izquierda.

Lo levanté a la altura de los ojos y sonreí.

Volví a abrir la libreta y apunté, debajo de la pregunta “entonces, ¿cuál es mi maldito camino?”

El que me de la santísima gana de escribir con este boli bic.


Ser libre está muy guay.

Pero mira, te es una jodienda fina.

Ser libre consiste en no depender de nadie ni de nada. Y no depender de nadie ni de nada significa que te tienes que hacer cargo tu solita o solito de todos los aspectos de tu vida: de tu mente, de la gestión de tus emociones, de tu manera de ganarte la vida para sobrevivir en este “maravilloso” sistema, de tu felicidad, de tus conocimientos, de tu soledad…

Ser libre cuesta muchísimo.

No, dinero no, si ser libre es gratis.

Cuesta muchísimo miedo.

Cuesta muchísima soledad.

Cuesta muchísimas dudas.

Cuesta mañanas de angustia.

Cuesta mucha fuerza de voluntad.

Sí, ser libre cuesta la vida.

Pero la verdad es que no hay nada que pague esta calma eterna del vacío de la libertad.

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Bliss

bajolafalda

Se habla muchas veces de lo perra que es la vida, ¿verdad?

¿Verdad que lo escuchas casi todos los días?

Se discute a menudo sobre el dolor, sobre la pena, sobre “la tía esa cabrona que te dijo ñi-ñí y luego na-ná”, sobre el jefe tarado, sobre el gobierno que dirige rebaños. Nos gusta hurgar en las heridas con las uñas, levantar la costra y ver cómo sale liquidillo. Se nos da bien. Nos encanta.

Ahora, a poca gente [o a casi nadie] oirás hablar de todo lo contrario.

De lo bonita que es la vida.

De lo precioso que es levantarse vivo y no muerto. De lo precioso que es levantarse en una cama con sábanas, bajo un techo. De las maravillas de ir al baño, hacer pis sentado, abrir el grifo de la ducha y que salga agua. ¡Y que salga agua caliente! De abrir la nevera y encontrar leche y poder echarle café y azúcar. ¡Y calentarla dándole a un botón! De teclear ‘are you alright?’ mientras bajas en el ascensor y enviarlo a la otra parte del mundo en dos segundos y medio. De salir a la calle y tener calle y aceras y dos piernas para caminar. De tener boca y voz para poder decir buenos días, de tener oídos para poder escuchar buenas tardes y ojos para poder ver los árboles y las palomas. De que haya un cielo encima, un suelo debajo. Y de tener todo el universo dentro, vibrando a la altura del corazón.

Joder ¿estoy loca?

Pero, ¿cómo es que nadie más está por ahí flipando en colores de lo maravilloso que es haber nacido humano y no ameba o, no sé, mono capuchino? ¿Cómo podemos pasar tanto, tanto, tantísimo tiempo odiándolo todo cuando el simple hecho de respirar es casi mágico?

No lo entiendo.

Y no entiendo por qué la gente no habla más de estos temas.

Supongo que porque la felicidad chirría, no es algo normal, está casi hasta mal vista.

“Uy esta tía ha debido de haberse metido algo” es probable que estés pensando. [Antes yo también lo pensaría]


Resulta que últimamente estoy explorando el mundo de las emociones. Gracias a S y a su consejo de apuntar cómo me siento cada día en mi diario, puedo jugar a analizar después. Como mi mente creo que la tengo más o menos calada [que no dominada], me ha tomado la libertad de pasar al nivel 2: el de las emociones.

Y amiguito, ¡eso sí que es un cristo fino! ¿Por qué? Porque mira, la mente es como más seca, más lineal, más predecible. Sigue una cierta lógica y cuando ya llevas unos cuantos años vivo, sabes, más o menos, por dónde te va a atacar. Con qué tontería de turno te va a salir. Pero es que las emociones vienen en oleadas, queman, arrasan por donde pasan y aún encima te dejan tiritando a nivel corporal. Una faena. Pero están ahí y yo me he propuesto explorarlas para dominarlas. Para que no me dominen ellas a mí.

El caso es que me di cuenta que las emociones positivas tienen una carga energética altísima. Que hay que tener cuidadito con ellas también. Yo, acostumbrada toda esta vida gris a la melancolía, a la tristeza, al pesimismo, a la pérdida, ahora me cuesta un poco saber qué hacer con todos estos caballos que me trotan por el pecho. La emociones negativas son muy cómodas, muy tranquilas, muy pachorronas, muy poco cojoneras. Te metes en tu habitación a llorar, a escuchar Creep en bucle, a dormir siestas de 4 horas y media y tan ricamente. Es triste sí, tienes razón, pero es cómodo. Muy cómodo. Tienes la queja dominada, la lágrima fácil trillada y además la melancolía es tan Amélie Poulain que hasta queda genial en Instagram. Vivir en gris no supone, en definitiva, un gran esfuerzo.

Las emociones positivas [como la alegría, la inspiración o el amor] decía, dan más la lata. Son mucho más excitantes, más abrasadoras, más revolucionarias. Te centrifugan la cabeza a mucha más velocidad, básicamente. Son como explosiones de color y de música aleatorias. Y claro, puedes imaginarte lo que eso supone para mentes híper controladoras como la mía. Hace poco me di cuenta de que la tristeza la tenía a raya, la tenía más que controlada, no me suponía ninguna digestión. Era mi zona de confort. Por eso creo que a veces me asusta la felicidad y no es por tener miedo a perderla [querida T] sino porque es un sentimiento apabullante, un sentimiento que se le viene grande a mi cabecita, la invade, la domina y la obliga a soltar, a perder el maldito control. Cuando la vida me maravilla, mis discos duros funcionan a tope  y tengo que procurar limpiar bien los ventiladores.

Así que sí, esta manada de caballos salvajes me tienen bastante descolocada.

Ay, pero estoy segura de que me las apañaré para galopar desnuda y libre con ellos.

Desde luego parece mucho más divertido que verlos sentada desde la valla.

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Apuntes sobre el suicidio

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Sylvia Plath (1932 – 1963)

[Aviso: este post trata temas un tanto delicados (Mamá, este aviso también va para ti)]

[F, el otro dia al ir hacia casa hablamos sobre este tema, ¿te acuerdas? Si es que cómo me inspiras, chico]


Mira, últimamente te estoy yo en plan rebelde y se me da por hacer lo que me da la real gana cuando me da la real gana. Sí sí, así sin miramientos. Me da igual que no te guste. A mí me está viniendo de perlas.

Pues te cuento: estoy aprendiendo a decir que “no”, a tratar de no querer agradar a todo el mundo y, en definitiva, a bailar mi propia música. No la que me dicen que debería bailar y que yo me creía que tenía que bailar.

Nunca me atreví a hablar de esto que estoy a punto de contarte. Supongo que porque no es correcto, porque no está socialmente bien visto abrirse en canal. Uno no debe hablar de sus cosas íntimas ni de sus sentimientos, eso pertenece al ámbito privado. Y bueno, mucho menos, tocar temas tabú como la muerte. Así que voy a escribirlo en bajolafalda, no por nada en especial sino porque, no sé, aquí [en este mundo virtual y fantasioso] todo parece muy bonito, muy idílico y muy ideal. Ya sabes, historias de amor de fin de semana, chicos guapos, música ligera, pajas mentales, estampas de verano y esas cosas. Una fiesta.

Ahá.

Pero no es así.

Oh no no. No es así para nada.

También hay mierda. Y mierda gorda. Y la mierda también merece su lugar, pobre. Y la mierda también forma parte de quién soy. Y he decidido dejar de esconderla.

Bueno, voy que me enrollo.

Mirando atrás, de los 11  a los 23 años fui algo así como un alma en pena [un agoiro como dirían en mi casa]. Vivía en una duda continua, en una búsqueda frenética, en un dolor mental agudo, con una angustia que me apisonaba el pecho día y noche. Me cambiaba de ciudad, de país, de trabajo, de chico y nada. No había manera. Era insoportable.

Y siempre iba a peor.

Año tras año.

Hacia abajo.

En picado.

Hacia el abismo, hacia la oscuridad más remota.

Down

Down

Down

Pensé que nunca llegaría al final, oye.

Pero hubo un hecho que paró la caída en seco.

Sucedió en marzo de 2015.

Estaba en la consulta de mi psicóloga haciendo un test. Porque resulta que hay tests para saber cuán deprimido estás. No sabía yo eso. Mi psicóloga quería comprobar si mi trastorno agudo de ansiedad había mutado a depresión o no. Porque resulta también que las enfermedades mentales mutan, oye. Como si de un catarro pasas a una pulmonía. Pues igual.

“Tienes que contestar a todas las preguntas, R” me dijo la psicóloga.

“No puedes saltarte ninguna. Es muy importante”.

Yo por aquella época, pues ya ves, ni sentía ni padecía así que psssst. Mi cerebro estaba trillado, en stand by, hecho papilla. Entre otras muchas cosas, tenía hipersensibilidad sensorial, que quiere decir que mi cerebro no era capaz de ver/escuchar/tocar/oler/saborear a la vez. Esto hacía que si estaba en una cafetería hablando con alguien, por ejemplo, y había mucho ruido de fondo, mi cerebro no podía separar las palabras del bullicio y me era imposible seguir la conversación. Una puta tortura china. Lo pasé fatal y todo me costaba un mundo, hasta leer. Así que cogí el boli con desgana y me puse a responder el test con cara de pocos amigos. Todo iba más o menos bien, preguntas rutinarias del montón hasta que llegué a la número 13. Leí aquella frase dos veces con los ojos muy abiertos:

“¿Has pensado alguna vez la opción de quitarte la vida?”

Hostia puta. [Ay, perdón. Pero de verdad pensé algo así]

Y entonces, en ese momento, desperté como si me hubieran dado un guantazo en toda la cara.

Allí, en aquella consulta, aquel viernes por la tarde, después de tantos años de caída fui consciente, por primera vez en mi vida, de que más abajo, más hacia el abismo, tan solo quedaba una cosa: la muerte.

Así de sencillo.

[Ahora lo cuento con soltura pero aquel día me entraron nauseas]. Mira, ¿sabes cuando saltas a una piscina y hasta que no tocas el suelo con los pies y flexionas las rodillas para impulsarte no puedes salir con fuerza? Pues esa respuesta de ese test fue el suelo de mi piscina.

Fue una sensación muy rara, la verdad. Fue el primer momento de mi vida en el que me sentí totalmente libre. En ese preciso momento fui totalmente libre de escoger qué iba a hacer. ¿Y dirás tú, y una persona en ese estado mental, es capaz de escoger bien? Y te digo yo, ¿pero qué es bien y qué es mal? Precisamente lo bonito de ser humano [y no perro o ameba] es que puedes escoger y que lo que escojas siempre será lo acertado (para ti, ojo). Es tu decisión. Tuya y solo tuya. Le puede parecer mal a todo el mundo, pero a ti, por H o por B, te ha parecido lo correcto en ese momento. Pues ole tú.

Y a ver cómo digieres esta frase, no me malinterpretes anda, que yo adoro la vida ya lo sabes, pero independientemente de eso, creo que no hay nada más precioso que el hecho de que un ser humano tenga la libertad para decidir terminar con su vida o no.

Y oye, cada uno aprende a vivir con sus propios métodos. A veces, algunas personas un tanto extremistas como yo, necesitamos el momento de vernos en el borde del precipicio,  de verle las uñas a la muerte, de jugar a poner un pie en el aire y de acercarnos tanto al vacío para darnos cuenta de que tan solo tenemos que echar un pie atrás y después el otro. Para darnos cuenta de que no tenemos que hacer nada más que girarnos en redondo y caminar lejos del acantilado. Que nadie nos empuja, que nadie nos agarra. Estamos solos: la muerte, la vida y nosotros en medio. 

Y joder, es ahí, en ese preciso instante, cuando sucede la magia. En ese movimiento en potencia sale todo lo que llevaba oculto tanto tiempo, en ese preciso instante supuran todas las respuestas de golpe, ya no queda ni una sola duda. Todo está claro. Sacas la cabeza de la piscina y llenas los pulmones de aire fresco. ¡Y ay! ¡Todo es tan brillante aquí!


Ah y dos cosas para terminar:

  1. La primera es mi minúscula aportación para eliminar los estigmas de las enfermedades y trastornos mentales. Que no pasa nada, que no se contagian, que quienes las padecimos no somos bichos raros ni dormimos con camisas de fuerza, leñe. Que de verdad creo que gran parte de su curación reside en hablar de ellas con naturalidad, como si hablas de un catarro, como si hablas de una gripe.
  2. La segunda es que bueno, creo que ya lo he hecho mil veces, pero quería dar mil y una gracias a todas esas personas que me aguantaron y me escucharon durante aquellas épocas oscuras. Sin embargo, hay alguien muy muy especial que hizo que hoy esté sana como una lechuga y feliz como una perdiz. Alguien a quien nunca tuve la decencia de darle las gracias. Gracias R.

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187km/h

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On the Road [Jack Kerouac]

Ayer por la noche, al colgar contigo, bajé a tirar la basura.

Llovía a cántaros y tuve que cruzar al otro lado de la calle para llegar hasta los contenedores.

Cuando estaba en mitad de la carretera, los dos faros brillantes de un coche se me estamparon en la cara y oí un frenazo.

Y entonces volví.

Volví atrás, hace un par de veranos.

J y yo habíamos pasado el día en la playa. Nos habíamos conocido hacía relativamente poco tiempo, de casualidad, casi sin querer. No hicimos nada en particular aquel sábado, simplemente tomar el sol, leer, comer melón, besarnos, bañarnos, tocarnos, arreglar el mundo, divagar, pasear de la mano, lamer un helado de vainilla. Esas cosas sencillas y maravillosas que, si suceden cerca del mar, son todavía más maravillosas.

Como habíamos quedado con unos amigos para ir a cenar y a un concierto aquella noche, no pudimos esperar hasta mi hora favorita. Esa hora entre las ocho y las nueve y media en la que el agua está a perfecta temperatura para el último baño.

Ya en el coche, de vuelta a la ciudad, yo todavía llevaba el bikini puesto y la toalla alrededor de la cintura. La ventanilla iba bajada a la mitad y me estaba dejando secar el pelo y todo el salitre al aire. Qué paz, pensé. J llevaba una mano en el volante y la otra sobre mi rodilla izquierda. Iba sonando Start again de los Teenage Fanclub cuando el contorno de las Cíes empezaba a dibujarse cerca del sol.

J retiró la mano de mi pierna y giró el dial del volumen hasta que el coche se quedó en silencio. Sin apartar la vista de la carretera y de un modo rotundo dijo:

-R, creo que me estoy enamorando de ti.

Yo tampoco pude despegar los ojos de la línea del arcén. Aquella frase se quedó revoloteando en el interior del coche como un zumbido incómodo durante un par de largos minutos. Cuando por fin conseguí reaccionar, nos buscamos los ojos y sonreímos como idiotas. Feliz, subí el dial casi al máximo y entonces J empezó a acelerar el coche. Cada vez pisaba más el pedal y yo veía la aguja del velocímetro elevarse como flotando en el salpicadero. Me asusté, joder ya sabes lo que odio la velocidad, pero no dije nada. No después de aquella frase. Y entonces, cuando la velocidad se acercaba a 187km/h, J abrió la puerta y se lanzó a la carretera.

Fue un movimiento limpio y silencioso. Por el retrovisor lo vi rodar con la perfección de un  doble de efectos especiales de Hollywood.

Con el pánico apretándome el cuello puse las manos en el volante para que el coche no se estampase contra la cuneta y lo único que se me ocurrió en aquel momento fue: freno de mano.

Después del susto me quedé allí inmóvil en medio de la carretera, sentada en el asiento del copiloto con el  bikini mojado y la toalla atada a la cintura, pensando que, una vez más, me había dejado llevar hasta casi estamparme. Bien, muy en mi línea. Muy mío.

Paré la música, abrí la puerta, puse los pies descalzos sobre el asfalto recocido y, sin mirar atrás, me puse a caminar de vuelta a la ciudad.

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