Your new girl

alfie

Alfie, Charles Shyer (2005)

Estaba en la playa, sentada en la arena, chapoteando con los pies en la espumilla del mar Cantábrico pensando en que no debería estar pensando en ti. A veces me pasa, no sé, es la misma sensación como cuando te metes en cama de día, después de haber estado toda la noche de fiesta. Los oídos te pitan al ritmo de los altavoces de la discoteca pero tú te concentras en bajar la persiana, atrincherarte bajo el nórdico y tratar de dormir. Pues eso mismo me pasa a mí contigo, todavía te cuelas de vez en cuando como un ronroneo ligero. Cuando me doy cuenta de que tu nombre ha vuelto a hacer de las suyas aquí adentro, sacudo la cabeza fuerte, de lado a lado, queriendo deshacerme de tu recuerdo a toda costa.

Pero he de confesarte que hay veces que no soy capaz. No, no puedo, ¿vale? Hay veces que me rindo. Que me dejo llevar. Hay veces que caigo en la melancolía y me dejo arrastrar bien abajo, movida por una mezcla maligna y jugosa de tristeza y excitación. Qué tendrá la melancolía que engancha tanto, por dios santísimo. Pues sí, hay veces que tiro del recuerdo, cruzo a nado el Atlántico, salto de un Washington al otro y te sigo con la mente.

Normalmente y si estoy en casa, para hacer el proceso todavía más doloroso, me cuelo en tu perfil de Spotify y rastreo tus listas de reproducción para tratar de averiguar algo sobre ti, sobre cómo estás después de todo este tiempo. Es algo horrible, lo sé, casi demencial. Además tengo que hacerlo con mucho cuidado de no dejar rastro para que no sepas nunca jamás que estoy husmeando tus huellas digitales. Trato, por supuesto, de no apretar ningún botón más de la cuenta. Husmeo tus listas de reproducción, decía, y me imagino a qué chica se la habrás creado esta vez. Doblemente demencial, sí. En la pantalla de mi ordenador aparece la lista que me hiciste a mí el invierno pasado con todas esas canciones bonitas y, al lado, otras listas diferentes, con nombres encriptados y secretos. De esos que no dicen nada pero lo dicen todo si se leen con los ojos que tienen que leerse. Entonces dejo de pensar en ti y solo pienso en ella. En esa chica rubia [de bote] de nombre Maggie o Nikki o Tracy que siempre tiene las uñas perfectas, que ha estudiado en alguna súper universidad de alguna de las dos costas [o de las dos], tiene un trabajo en el que gana muchos K’s y conduce un coche gigantemente grande, gigantemente caro. Pienso en Maggie o Nikki o Tracy y en lo bien que le va la vida. Y a veces pienso en ti, sentado en tu sofá de IKEA de tu apartamento perfectamente enmoquetado, añadiendo canciones a la lista de reproducción mientras le escribes a Maggie o Nikki o Tracy un mail diciéndole que no sabes por qué pero crees que te estás enamorando de ella. Después os veo tomando café en una cafetería que a veces es cafetería y a veces es radio y veo como Maggie o Nikki o Tracy te sonríe con su dentadura perfecta [de muchos K’s también] y tú le apartas un mechón de pelo rubio [teñido] detrás de la oreja. Veo cómo os besáis con ternura y cómo os desnudáis en su apartamento porque Maggie o Nikki o Tracy es una chica insulsa pero no está tarada ni da la lata, además está tremenda y esquía desde que tiene uso de razón. Pero qué maravilloso todo, pero qué bonito. Hacéis una pareja perfecta. Creo que voy a vomitar.

Imagino todo esto mientras escucho la música de tus listas de reproducción de Spotify y, con lágrimas en los ojos [de no sé muy bien qué sentimiento] me río a carcajada limpia de lo patética que soy. Después dejo de flagelarme y pongo Shake it Off de Taylor Swift mientras bailo desnuda por la habitación y me miro en el espejo. Cojo mi móvil y le escribo un mensaje a M:

“Tío, acabo de tener un momento muy Bridget Jones. Pero ya se me ha pasado. ¿Me arreglo y bajamos a tomar un gin-tonic?

P.D: Si alguna vez llegas a leer esto, que no creo porque huyes de mí como si tuviese la peste negra, que sepas que lo escribo desde el cariño. Que ojalá Maggie o Nikki o Tracy y tú seáis rabiosamente felices, os compréis una casa enorme con porche, un coche familiar [otro] y tengáis tres hijos preciosos, súper inteligentes. También que ojalá Maggie o Nikki o Tracy consiga pronunciar correctamente la C del apellido de vuestros preciosos retoños. Ojalá que les cuentes algún día a tus nietos cómo no deben enamorarse jamás de una loca mientras les pones una canción de los Planetas y te acuerdas remotamente de mí que estaré vete tú a saber dónde, vete tú a saber con quién.

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So sad. So lost.

Frances Ha, Noah Baumbach (2014)

Frances Ha, Noah Baumbach (2014)

It was a random Sunday morning.

I was sipping my black tea at the bar.

So sad,

so lost.

My head was a kind of whirlwind,

spinning around and around.

Not holding to anything

not holding to anyone.

It was cold outside,

maybe rainy.

I did not care, actually.

It has been a long time since all I could hear were thunders inside my chest.

All I dreamt about was to take a one-way ticket to an island called nowhere.

F came at 12.

On time.

He ordered a coffee and a toast.

He bit his bread while staring at my face.

I could feel those big green eyes scanning my cheeks,

my watery eyes,

my cheap red lipstick,

the deep line in my forehead.

I have to leave

Our eyes crashed each other like two stars about to die

Ok, I replied, where are you going?

No. he said. I have to leave you.

But…

No buts. Please, I can’t give you any reason now. Take care R.

He stood up and looked at me one last time.

I could not understand that look.

[Still can’t one year later]

My head stop spinning when he left the bar.

Then,

just

silence.

I took his cup between my hands and licked with my tongue his side.

Oh. He had forgotten to give me one last kiss.

I thought.

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leaving.

The Perks of Being a Wallflower, Stephen Chbosky (2012)

The Perks of Being a Wallflower, Stephen Chbosky (2012)

La maleta llevaba semanas a los pies de mi cama. Meses.

La había llenado con todo lo necesario. Con ropa de invierno y de verano, con calzado para lluvia, nieve y sol. Había metido también  los tres libros que empecé estas navidades y que, por azares de la vida, nunca había logrado terminar. Había metido libretas y rotuladores de colores. Había metido mis sueños en el bolsillo de rejilla, allí donde se guardan las cosas frágiles. La maleta estaba lista, sí. La verdad es que llevaba mucho tiempo lista. Años quizás.

Todas las noches, al llegar del trabajo, me descalzaba, me sentaba sobre la cama con las piernas cruzadas y me pasaba horas mirando la maleta roja. Y juraría que ella también me miraba a mí, expectante e impaciente.

Tan solo tenía que cogerla y marcharme.

Venga, R, cógeme y vámonos de aquí.

Tan solo era eso: cogerla y marcharme.

Tan solo eso.

Eso y el sonido seco de una puerta que se cierra.

Y otra que se abre en otro lugar.

Pero qué otra.

Qué puerta.

Qué lugar.

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know you anymore.

Annie Hall, Woody Allen (1977)

Te iba a escribir un mail para que lo leyeras en el trabajo, como solía hacer antes. Sabes que me encanta escribir mails y no sé si sabes que me encantaba, en especial, escribirte mails a ti. Verás, aquellos mails con encabezados absurdos y todos esos “jajaja’s” de por medio me hacían estúpidamente feliz.

Pero después pensé que mejor no.

Que mejor no te iba a escribir un mail.

Que ya no me quedaba nada por decirte.

Pero sí todo por contarte.

Todo.


Mi mente multicolor había imaginado infinidad de veces el momento en el que L y yo volveríamos a vernos de nuevo. Pasaron muchos meses desde que nos dijimos adiós aquella noche atropellada en el interior del coche de su hermana. Aquella noche en la que nos besamos y L me retiró un mechón de pelo detrás de mi oreja con su mano izquierda antes de que me fuese a intentar dormir. En todo ese tiempo había inventado un sinfín de historias y reencuentros con abrazos, sonrisas y una catarata apabullante e interminable de palabras. Jolín, ¡era inevitable! Me entretenía con mis pajas mentales mientras iba por la calle escuchando Spotify o mientras esperaba en la cola del súper. Hasta una noche, en la que me estaba acostando con un tipo extraño, me sorprendí a mí misma pensando en L. “Por Dios R, ¡para ya!” pensaba siempre antes de explotar la fantasía como quien mete un dedo en una pompa de jabón.

Y como el destino te es muy perro, resulta que la semana pasada, cuando subía por Gran Vía escuchando Sonsick de San Fermin y pensando en que tenía que comprar protección solar para este verano, justo al doblar la esquina con Fuencarral, me choqué de narices con L.

Mierda pensé, mierda mierda mierda. Aguanté la respiración, sonreí con desenfado y recé porque los latidos que bombardeaban mi pecho no se escuchasen más allá de mi esternón.

Claramente no sucedió nada de lo que había imaginado. Nada, ni un diminuto atisbo. L me dio dos besos educados y corporativos, de manual de buenos modales, secos y fríos como a quien le presentan a un desconocido en una reunión de negocios. Ni siquiera me miró a los ojos. Ni un qué tal, ni un cuánto tiempo. Nada. Nada de nada. Lo único que me hizo pensar que todavía quedaba algo de aquel L que conocí en diciembre fue el olor su colonia. Confirmando mis sospechas, L y toda nuestra electricidad se habían ido de este planeta.

Ese mediodía había quedado para comer con H y después del café me fui a casa excusándome con que tenía mucho trabajo. No fui capaz de teclear una maldita palabra y decidí tumbarme en la cama mirando al techo. Trataba de asimilar lo que acababa de suceder y tragarme lo que no con un par de lágrimas o tres.

Al cabo de una hora inmóvil, me giré y le di un puñetazo muy fuerte a la pared. Me hice un poco de sangre en la mano derecha.

Estos días tengo una pequeña cicatriz en los nudillos y ya no pienso en L ni en la próxima vez que nos volvamos a encontrar. Ya no pienso en lo mucho que lo echo de menos. Ya no.

 

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Panic attack

girls

GIRLS, HBO Season 6

Fue la primera vez en mi vida que escuché ese otro diálogo interno. La primera vez que sentí en mi pecho, muy cerca del corazón, esa sensación cálida de cuando una madre abraza a su bebé entre sus brazos. No conocía esa parte de mí. Llevaba 23 años dormida.


Estaba encerrada en los baños del sótano de las oficinas centrales de BIMBA Y LOLA, donde trabajaba hace dos años. Llevaba unos botines negros de piel muy bonitos y una mini falda color beige. Me acuerdo perfectamente porque estaba sentada con la espalda apoyada contra la pared y la cabeza metida entre las rodillas.

Estaba en plena crisis de pánico.

No podía respirar.

No era capaz de meter aire en mis pulmones de una manera natural y en aquel jodido baño no había ni una puta ventana. Será que las princesitas de la moda no necesitan ventilación porque son tan finas que no van al baño. No lo sé.

“Se acabó” pensaba “Se acabó. Voy a morir aquí mismo y de esta forma tan ridícula. Tirada en este ridículo baño de diseño”.

Me desabroché los botones superiores de la camisa y traté una vez más de coger aire sin éxito. Empezaba ya marearme y a sentir esa especie de viento fresquito en la nuca previo al desmayo cuando, de repente, por primera vez en mi vida, una voz suave y amable empezó a resonar dentro de mí:

“Ey, ey, ey R. ¿Pero qué te pasa, corazón? Uy, a ver mujer, respira con calma, no hay prisa, tómate tu tiempo. Ey, escúchame. Mira, eooo, que estoy aquí. Aquí dentro. ¡Hola! No me conoces porque llevas machacándote la cabeciña mucho tiempo pero siempre he estado aquí escondida, dentro de ti. Venga cielo, cuéntame que te pasa. Vamos a salir de esta, ¿vale? Yo no me voy, de verdad que no me voy a ningún lugar. No te voy a dejar sola nunca. ¿Me oyes? ¡Nunca! Venga, vamos, ponte de pie. Así, muy bien. ¿Ves? ¡Estás respirando con normalidad! Eh nena, ¡pero qué guapa te has puesto hoy! ¡Wow! Mira, vámonos de este baño del infierno a decirle a RRHH que pongan una puta ventana, ¿te parece? Bueno, quizás no es el mejor momento. Ya, ya, mejor mañana. Pues venga cielo, vámonos afuera a respirar un poquito, ¿sí? ¿Te apetece?”

Fue una sensación muy extraña. Estaba completamente perpleja y un poquito emocionada. No entendía qué narices estaba pasando dentro de mí. Si es que el lado oscuro ya se había retorcido tanto que se había convertido en luminoso. De repente me sentía mucho más tranquila, calmada y relajada.

Nunca, nunca hasta ese momento había conectado con esa fuente interna de amor y cariño. No sabía ni que existía dentro de mí. Esa energía que apareció en el último segundo, como último recurso antes de caer en la oscuridad total, es hoy en día lo más bonito que tengo.


Sabes que soy una fiel defensora de la normalización de las enfermedades y trastornos mentales. Que me encantaría que, en algún momento, se pudiese llegar a hablar de una crisis de ansiedad como de una gripe o un sarampión. Que no estamos locas ni locos, que simplemente en el cole nos han enseñado Educación Física pero nunca Educación Mental. Ojalá empezásemos a compartir nuestras experiencias y dejásemos de escondernos o de excusarnos con tonterías. Que no nos sentiríamos tan bichos raros si supiésemos que por eso por lo que estamos pasando, ya le ha pasado al vecino del 3º.

Quería decirte también que con mi sarcasmo solo intento quitarle hierro al asunto porque he aprendido que la risa y el humor son los mejores antídotos contra nuestras sombras más oscuras.

Que la mente es como una moneda: por un lado es amarilla brillante y por el otro es negra mate y que tú y solo tú puedes escoger de qué lado la colocas hoy.

Eres libre colega, es tu decisión 🙂

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red clouds.

eternal sunshine

Eternal Sunshine of the Spotless Mind – Michel Gondry, 2004

Subo a la azotea del centro comercial con P. He comprado gominolas porque estos días tengo un antojo feroz. Nos tumbamos boca arriba en el suelo, que todavía está caliente por el sol de la tarde. Está terminando de anochecer y las nubes tienen un extraño color rojo, como si estuviesen ardiendo. “Qué extraño” digo “qué color más extraño”.

P y yo tenemos muchas ganas de besarnos en la boca. Pero a mí me ha salido un herpes donde me sale siempre que me pongo muy nerviosa. Así que le digo a P que mejor no. Que mejor solo nos miramos muy de cerca. Apoyo mi cabeza sobre su pecho y mientras P me acaricia el pelo, presto mucha atención al latido de su corazón. Es un latido precioso, ligero pero contundente, lento y a un compás perfecto. Se lo digo. Le digo que tiene un latido muy bonito.

Después hablamos de decisiones. P y yo tenemos bastantes cosas que decidir. No sé en su caso, pero en el mío, es llegar el verano y empezar a acostarme con las dudas. Le cuento mi teoría sobre las decisiones pero parece no convencerle del todo. Le digo que yo creo que cuando uno finalmente toma una decisión importante y pasa a la acción, el subconsciente ya sabía la respuesta muchísimo tiempo antes. Como una intuición, como un cosquilleo extraño. Y que el malestar viene cuando tenemos que esperar a que esa certeza pase a la mente. Pero es así, le digo, así es el ser humano.

P me acompaña a casa, vamos cogidos de la mano como si fuésemos novios. Pero en realidad no lo somos, no lo somos en absoluto. Quiero mucho a P. “Podemos dormir juntos” me dice antes de llegar a mi casa. “Mejor otro día” le contesto. Me meto en el ascensor y me encuentro con mis os ojos que me miran con cansancio. Le doy un beso al espejo y susurro you’re home baby, you’re home. 

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esc.

caotica ana 1

Caótica Ana – Julio Médem, 2007

Últimamente me sorprendo a mí misma fantaseando con la idea de subirme al primer autobús que salga de esta ciudad y marcharme así de repente. Marcharme sin mirar atrás. Marcharme a ningún lugar en concreto pero con toda la seguridad de quien sabe exactamente a dónde va. No sé por qué tiene que ser un autobús. Simplemente lo imagino así.

¿Sabes? Podría ser mañana por la mañana mismo. Saldría de casa temprano, camino a la oficina. Sin embargo, desviaría mi ruta hacia la estación de autobuses y esperaría con calma en la dársena, como quien hace el mismo trayecto todos los días. Cuando llegase el primer autobús, saludaría al conductor con una sonrisa sincera y me sentaría en un asiento del final. Apoyaría la manos cruzadas entre sí sobre mi regazo y dejaría la mirada suave sobre la ventanilla mientras el autobús va deshaciendo y convirtiendo la ciudad en un punto diminuto a lo lejos. Me iría sin maleta, sin móvil, sin carnet de identidad. Dejaría mi nombre en esta ciudad. Dejaría atrás todo lo que intenté ser y no fui. Solo me llevaría a mí misma. A esa yo de verdad.

Sí, C, a veces fantaseo con escapar. Tienes toda la razón. Fantaseo con empezar de nuevo en otro lugar. Fantaseo con bajarme de la vida un rato y subirme al primer autobús que se me cruce camino a ningún lugar. Imaginar esa escena me llena la cabecita de calma.

Tú me dices que escapar es de cobardes.

Yo sigo pensando que escapar es, muchas veces, la única vía para poder quedarse.

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