Herida sobre herida.

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My Girl, Howard Zieff (1991)

Hay una historia que siempre recuerdo en mis momentos más difíciles. En esos momentos en los que, out of nothing, todo empieza a desencajarse con tanta precisión como las fichas de un dominó que se caen unas sobre las otras: el trabajo, las personas que estaban a tu lado pero que resulta que no tanto, los chicos, los planes de vida, las fiestas, las vacaciones de navidad y las de verano. Los sueños. ¿Qué sueños?

En fin. Cuando esto me sucede, que no es pocas veces he de aclarar, cierro los ojos y recuerdo esta historia que siempre me contaba mi padre.


“R, tenías una fuerza de voluntad asombrosa. Una obstinación rara. Y la tenías ya con 11 años cuando te empeñaste en aprender a montar en bicicleta. Y querías aprenderlo ya y querías aprenderlo a toda costa. Costase lo que costase.

Te pasabas horas y horas en el patio de la casa de Las Conchas. Tú sola. Murmurando no sé lo qué en bajito. Siempre me parecía que estabas hablando con alguien imaginario.

Y te caías. Te sangraban las rodillas pero tú no llorabas. O si lo hacías yo no me daba cuenta.

Volvías a subir a la bicicleta aquella enorme y violeta de la que no conseguías tocar el suelo con los pies. Aquella a la que me habías pedido que le quitase los ruedines.

Y te volvías a caer y te hacías daño en las heridas. Herida sobre herida. Heridas que se cerraban en costras y costras que se abrían en heridas. Pero con sangre y tierra y más sangre y más tierra volvías una vez más a subir a la bicicleta. Sin clemencia.

Y yo te decía que descansases, que esperases a mañana, que a Roma no se llegaba en un día. Intentaba enseñarte paciencia. Mesura. Calma.

Pero tú no me escuchabas. “Déjame papá” me decías. Y yo tenía que seguir soportando desde el banco de piedra al lado del porche, que te hicieras daño y sangre para conseguir realmente lo que querías.

Y un buen día, aquella tarde de finales de julio, me gritaste:

-“¡¡Papá mira!! ¡¡PAPÁ!! ¡Papá estoy andando en bici yo sola! ¡Lo he conseguido!”

Y nunca te lo dije pero desde ese día supe que cogerías a la vida como a aquella bicicleta violeta. Con fuerza, con valentía, con las ideas muy claras, sin vacilar. Tampoco te dije que ibas a estar llena de heridas por todas partes, tampoco te dije que ibas a sangrar mucho, ni que iba a doler.

Porque pensé que para qué hablarte del dolor. Si eso parecía darte igual cuando giraste la curva del patio gritando y cantando de felicidad con las rodillas destrozadas y el manillar entre las manos.

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Dalí, tu iPhone y yo.

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Closer, Mike Nichols (2004)

Hoy te vi en el Reina Sofía. Delante de un cuadro surrealista de Dalí.

No estoy segura de que fueses tú. Pero sí, eras tú. Tenías que ser tú, quién si no.

Me puse a tu lado. Mirabas el cuadro y yo miraba cómo mirabas el cuadro mientras la señora de seguridad, sentada triste en una silla de madera, nos miraba a los dos desde la esquina.

Yo seguía tus pupilas recorriendo el lienzo.

Arriba, esquina izquierda, esquina derecha, centro.

Abajo, derecha.

Más abajo.

Estudiabas las texturas, el color y el calor con ese hambre tan tuyo. Entrecerrando los ojos.

Y yo escuchaba tus neuronas procesar, asimilar, interpretar.

 

Cuando desviabas la mirada, yo lo hacía contigo. Casi al milímetro. Bailamos un vals visual allí mismo. Sin música ni nada. Solos con Dalí. Solos en la sala con la señora de seguridad.

Fue bonito. La verdad es que sí. Hacía tiempo que no hacíamos algo así tú y yo.

Y entonces, en un momento dado, despegaste los labios y susurraste muy bajito un tímido “lo siento”.

Después miraste al suelo durante siete segundos. Te metiste la mano izquierda en el bolsillo.

Cogiste el iPhone.

Y el fondo de pantalla que tenías me confirmó, cinco años después, que yo ya me había ido.


“Disculpe, no puede usar aquí su teléfono” dice acercándose a mí la señora de seguridad.

“Uy, perdón” contesto mientras pulso con mi pulgar el botón “enviar”.

El mensaje empezaba así: “Hoy te vi en el Reina Sof…”

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Todo lo que dejé atrás.

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Lady Bird by Greta Gerwig (2017)

Me levanto por la noche, serán más o menos las 3 de la mañana. El parquet está frío, me pongo la bata negra y camino descalza hasta la terraza. Puedo ver el cielo de Madrid y oh dios mío esto es tan mágico que me entran ganas de ponerme a llorar. Muchas personas me han convencido de que es imposible ver las estrellas en el centro de Madrid. Tanto me lo han repetido, que hasta yo misma me lo he llegado a creer. A punto estuve de tirar la toalla. Pero mira, ahora estoy en el centro de Madrid y en mi terraza hay más de veinte estrellas que me sonríen juguetonas desde arriba. Y yo les guiño un ojo de vuelta. En fin, hace tiempo que ya no me creo nada de nadie.

Me asomo a la barandilla. Y entonces.

Abro la mano izquierda.

Suelto.

Dejo ir.

No quiero mi mano cerrada. No, no quiero mi mano apretando. No quiero mi mano tensa, dura, temblando, agotada, herida.

Por eso, esta noche, abro la mano y dejo ir.

Dejo escurrir entre mis dedos una sustancia negra viscosa que viene de mis venas y sale humeante de mí.

Suelto todo eso oscuro que me está marchitando el alma poco a poco.

Suelto todo [y a todos] los que me niegan, me tachan, me critican, me tiran hacia abajo, me desgastan, me infravaloran, se burlan, se celan de mis logros, intentan hacerme sentir menos, hacerme sentir mal, intentan hacerme cambiar. Suelto a todos los que intentan enderezarme, re-dirigirme, apaciguarme, drogarme con evasiones absurdas, envenenarme la cabeza con pensamientos de miedo, rodearme en halos de desidia y conformismo enlatado.

Suelto todo [y a todos] los que no me aceptan tal y como soy. Los que no aceptan que sea imperfecta, caótica, rebelde, fuerte, arriesgada, cambiante, viva, brillante, intensa. Los que no quieren que sea yo misma. Los que no me quieren libre.

Suelto todo [y a todos] con tristeza. Porque puedo ver cómo brillan debajo de las capas y capas de miedo. Puedo sentir su risa fuerte, su coraje, su libertad infinita. Puedo ver su potencial, librando una batalla campal en sus interiores para salir a flote. Veo todo lo bueno en ellos como si tuviese unas gafas de rayos X que actúan sobre las capas de miedo. Pero ellos no lo ven. Y yo solo trato de hacer de espejo. Y ellos solo dan patadas al espejo. Si solo pudiera hacerles ver la maravilla que llevan dentro. Si solo consiguiese eso. Pero no sé cómo hacerlo. No sé cómo cojones hacerlo. Y me estoy rompiendo por dentro.

Y en cuanto las últimas gotas de líquido oscuro acaban de escurrise por mi mano para caer 7 pisos hacia abajo, sobre la acera, el puntito de vacío que siempre me acompaña en el centro del pecho [ese del que tan bien habla Florence Welch en su “Hunger”] se dilata hasta formar un gran agujero. Siento pánico. He soltado muchas cosas. He soltado mucho de golpe. Me he vaciado rápido y estoy algo mareada. Mi cuerpo se siente raro sin todo ese líquido negro. Se siente mucho más ligero. Y esa sensación es extraña. Y lo extraño da miedo.

Con relativa calma, gestiono el pánico como siempre suelo hacerlo. Me tumbo en el suelo, me pongo una mano sobre él, sobre el pecho y le hablo en voz alta. Metiéndome en él. De lleno. Sintiéndolo, escuchándolo, comprendiéndolo, susurrándole cosas bonitas, como a un niño pequeño que tiene miedo de noche. Y poco a poco, el gran agujero negro empieza a contraerse, a calmarse, a cerrarse como unos párpados que se mueren de sueño.

Pasado el pánico, la ligereza y la paz empiezan a acurrucarse en mi pecho. Y yo me dejo mecer suavemente.

Me quedo dormida allí mismo. Vacía en la terraza. Vacía bajo las estrellas. Vacía bajo el cielo de Madrid.

A la mañana siguiente cuando salgo del portal para ir a trabajar, un barrendero limpia la acera. Me guiña un ojo y me dice: qué bien sienta tenerlo todo limpito, ¿verdad señorita?

Sonrío.

Me miro la mano izquierda.

Abierta.

Libre.

Mía.

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“Demasiado rebelde, Rebeca”

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Estábamos en el andén de la estación de tren. Llovía bastante y habías insistido en acompañarme y llevarme la maleta mientras yo nos tapaba a los dos con aquel paraguas color beige que había robado, bueno, tomado prestado, del bar de la esquina.

Charlábamos con calma, como cualquier otro día, sobre tonterías varias de la vida. Igual que esas tardes tontas de agosto en las que te quedas al borde de la piscina leyendo un libro que no sabes si te está encantando o te está pareciendo una auténtica mierda. Esas tardes en las que estás tan concentrado en hacer nada que no te das cuenta del enorme tormentón que se está formando a lo lejos. Y cuando llega, ya es demasiado tarde para ponerse a cubierto.

La tormenta llegó con aquellas dos frases que pronunciaste minutos antes de que llegase mi tren. Bueno, más bien, las frases tuvieron poca importancia. Lo que de verdad me atravesó como un rayo eléctrico fue el silencio entre ellas. Un silencio breve, muy breve, casi imperceptible, que coincidió con tu caída de ojos lentamente desde los míos, hasta el suelo. Como negándome, como abandonándome, como apartando la vista de mí. Creo que tú no te diste cuenta. Pero yo sí y por eso te lo cuento.

Continuaste hablando como si nada hubiese pasado mientras yo trataba de masticar lo que acababa de ocurrir. La prueba final sobre la que tantos años llevaba sospechando. La prueba de que tú perteneces a un mundo y yo a otro totalmente diferente. La prueba de que tu vida y la mía estaban pintadas con colores totalmente opuestos. Toda la verdad sostenida en tres segundos y medio. Toda la verdad allí al aire, delante de mis narices. Tenía tan solo dos opciones. Podía verla o podía apartarla, como quien aparta una mosca, y seguir engañándome a mí misma.

Cuando el tren empezó a asomar la cabeza a lo lejos, me abrazaste fuerte, poniendo tu mejilla al lado de la mía como tantas otras veces. Me besaste en la sien porque pensabas que la boca seguía siendo territorio minado. Y en parte lo era pero en parte ya no.

“Cuídate por fa” te dije con un suspiro camuflado en una sonrisa.

Subí al tren y, en cuanto me senté en mi asiento, miré por la ventana. Tenías la cabeza agachada, habías cogido el móvil y seguramente estarías respondiendo a algún mensaje.

No viste cómo se me escurría una lágrima por el ojo izquierdo.

Y el tren se puso en marcha justo en el preciso momento en el que supe que jamás volvería a verte.

 

 

 

 

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Tres en tu cama.

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Mira, te cuento.

Bueno, mejor te resumo. Que si me pongo a hablar sobre este tema quizás acabe llamándote por teléfono para recordarte que compres limones e invitarte a cenar. Y a dormir. Y también a desayunar.

Resulta que en 2015 me comprometí conmigo misma a dejar de buscar una relación sentimental o laboral (que para mí, llámame loca, tienen mucho en común) hasta que no estuviese yo 100%completa y bien rellenita de amor jugoso por dentro. A ver, wait, déjame que te explique un poco porque estos temas abstractos y “hierbas” se me escapan chorreando por los dedos y poca forma soy capaz de darle. Básicamente me comprometí a solucionar yo sola (bueno, a veces con ayuda externa profesional) todos mis issues, mis traumas, mis carencias afectivas, mis ansiedades, mi baja autoestima y a atar firmes a todos mis miedos. En definitiva, me propuse como objetivo número 1 de mi to-do list anual, la tarea de limpiar mi roña mental antes de salir al mundo adulto. Quería entrar bien limpia y aseada en una relación (sentimental o laboral) y no apestando a carencia o a trauma mal gestionado. Quería darle a la persona o proyecto que iba a confiar en mí, paz, tranquilidad, risas, cachondeo y amor del bueno. Del puro. Del brillante. Del de verdad. Quería darle lo mejor de mí. Se lo merecía. Y para eso debía tomarme un tiempo, bastantes libretas y muchas lágrimas para encontrarlo. Y oye, aún sigo y seguiré trabajando en ello. Todos los días descubro roñita nueva por gestionar 😀

Quizás he llegado a esta conclusión, no lo sé, por la cantidad de embrollos sentimentales en los que me he visto envuelta en los últimos mmm… ¿10 años? Me he visto desnuda en medio de parejas, pidiendo noches de hotel en medio de matrimonios recién constituidos y aguantando en bragas de encaje el cubo de la basura emocional en medio de divorcios internacionales de estos de peleas entre abogados y casas de miles de dólares. Sí, un despropósito. Siempre en medio, siempre en el ajo, chica. Como si existiese alguna fuerza que me atraía hacia todos esos dramas. Como si existiese una mano invisible que me agarraba fuerte de la cabeza y me obligaba a ser testigo de toda esa feria sentimental con el único propósito de aprender la lección y no repetirla yo misma. Jamás.

He visto y sigo viendo cómo la mayoría de las parejas que me rodean son una pelea constante de bolas de mierda gigantes. Yo te escupo mi complejo de inferioridad y tú me devuelves tu daddy issue recubierto de falso poder. Tú me lanzas una carencia afectiva y yo te follo duro por detrás los sábados por la noche para poner un parche y tiramos millas. Tú no te soportas a ti misma, yo no me soporto a mí mismo y juntos no nos soportamos el uno al otro. Pero eso es mejor que estar solo. Entonces me dedico a enredar y a enviarle mensajitos cochinotes a Rebeca que seguro que esta noche cae, le sobo una teta y así me distraigo un poco de tanta mierda que me está ahogando en casa.

Ya, claro. Ahá. Y un huevo de pato, cielo.

Y es que la mierda es exponencial.

Si tú no limpias la tuya propia, se la pasas a tu pareja y si tu pareja no es capaz de limpiarla (porque tampoco es su responsabilidad), buscará a una tercera persona para pasarle la bola y así ad infinitum. Hasta que alguien diga “BASTA, hasta aquí hemos llegado”.

La verdad es que me da un poco de pena este panorama porque siento que en vez de disfrutar de nuestras relaciones, de nuestros cuerpos, de nuestras mentes y de nuestras vidas maravillosas y orgásmicas, nos dedicamos a mascar y escupir mierda. Día y noche. Aquí y allá.

Si todos nos comprometiésemos a ducharnos y asearnos mentalmente del mismo modo que nos duchamos y nos aseamos el cuerpo antes de salir de casa, nos ahorraríamos el 90% de los dramas sentimentales.

Podríamos, por fin, disfrutar y dejarnos llevar de verdad.

 

 

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El día que morí.

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Es domingo. Es diciembre. Es 2014. Alguien me obliga a levantarme a media mañana. Yo no he pegado ojo en toda la noche pero obedezco sin rechistar. No sé hacer otra cosa más que sentarme en el sofá de la salita pequeña con la mirada perdida y los ojos entre cerrados. Entra mucha luz por la ventana. Una luz blanca y limpia que jamás he visto en mi vida.

El día anterior a eso de las 4 de la tarde me había sucedido el episodio más desagradable, extraño, oscuro e inclinado de toda mi vida. Duró apenas dos minutos pero el eco sordo que escupió se ha quedado conmigo hasta hoy. Hasta este preciso momento en el que tecleo estas palabras, cuatro años y medio después. Sucedió así.

A eso de las 4 de la tarde del sábado bajo la persiana de mi habitación con la intención de echarme una pequeña siesta. Han sido semanas muy intensas de trabajo en el banal y absurdo mundo de la moda, llevo dos noches saliendo hasta las mil y la comida de las últimas semanas no me entra en la boca porque tengo una especie de nudo en el estómago permanente. Pienso que dormir es lo que necesito para recuperar el equilibrio, pero otra parte de mí, viciada por la falsa idea de felicidad, piensa que es una pérdida de tiempo. Quiero seguir trabajando, quiero seguir ganando dinero, quiero seguir comprándome mucha ropa, quiero seguir saliendo. Joder, quiero más, más y más. No sé dónde está el límite.

Y la vida, sabia ella, está a escasos segundos de mostrármelo con señales luminosas.

Cuando apago la luz de la habitación, se desata la tragedia dentro de mi cerebro. Empiezo a ver destellos de luces de colores, cierro los ojos con fuerza pero siguen ahí, detrás de mis párpados, acuchillándome las pupilas. Empiezo a escuchar voces que susurran mi nombre “Rebeca, Rebeca, Rebeca”. Son muchísimas voces en diferentes tonalidades, todas mezcladas con ruido de fondo. Me giro sobre mis talones pero no hay nadie detrás. Estoy sola. Salgo de mi habitación horrorizada y empiezo a buscar el origen de esas voces por toda la casa. Voy al salón y miro debajo de los sofás pero no hay nadie, voy a la cocina pero está vacía. ¿Qué coño está pasando? “Rebeca, Rebeca, Rebeca”. Intento beber un vaso de agua para tranquilizarme pero me tiembla tanto la mano que me mojo toda la camiseta. No sé qué está pasando, no sé qué cojones está pasando. Tengo muchísimo miedo. Me tapo las orejas pero las voces siguen de fondo. “Rebeca, Rebeca, Rebeca” Me siento en el suelo de la cocina, me abrazo las rodillas y empiezo a cantar una especie de nana mientras me acuno a mí misma.

Lo siguiente que recuerdo es que estoy tumbada en una cama. No puedo parar de temblar y de hacer movimientos espasmódicos con las piernas y los brazos. A mis pies, mi madre y mi tía me miran con cara preocupada. Escuchó algo de un test de drogas. Escucho algo de un hospital. Me oigo a mí misma hablando en tercera persona “Rebeca no ha tomado drogas” “Rebeca se va a poner bien” “Rebeca solo tiene que descansar”.

Pasa la noche en negro. No duermo. Estoy rígida sobre la cama. Cada nervio de mi cuerpo está en tensión por lo que acaba de ocurrir. Tengo tanto miedo que no soy capaz de moverme. Mi mente no responde, está rota en mil pedazos. Lo único en lo que puedo confiar es en mi respiración. Si sigo respirando, sigo viva. El resto es accesorio.

Alguien me obliga a levantarme a media mañana. Yo no he pegado ojo en toda la noche pero obedezco sin rechistar. El camino desde la cama hasta el sofá de la salita se me hace eterno. Que mi mente rota de las órdenes correctas para poner un pie detrás del otro me parece una tarea casi imposible. No sé cómo pero lo consigo. Me siento en el sofá y cierro los ojos. Y cuando los vuelvo a abrir ocurre el momento más mágico de toda mi vida. Veo la luz entrando por la ventana y es limpia y es blanca y es pura. Veo cada haz de luz descompuesto en mil colores. Veo la luz con mis ojos, la siento dentro de mí sin pasar por el filtro de mi mente. Es una experiencia mística, las putas puertas de la percepción allí mismo abiertas de par en par. Me pongo la mano delante de mi cara y la giro despacio, observo cada pliegue, cada centímetro de mi piel brillando bajo el sol. Los ojos se me llenan de lágrimas ante tanta luz. Ante tanta pureza. Ante la idea de pensar que estoy tan muerta y a la vez tan a punto de volver a nacer.


 

P.D: el cerebro es un órgano como otro cualquiera. Si no se trata y se cuida correctamente dándole descanso y alimento enferma y se rompe. Y créeme, no es nada agradable que se te rompa el cerebro. Menos aún a los 22 años. Así que come bien, descansa cuando notes fatiga, controla los estímulos y el estrés a los que lo sometes. Aprende a ponerte límites. Y si no quieres hacerlo, tranquilo, no pasa nada. La vida ya se encargará de hacerlo por ti 🙂

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Anoche tuve un sueño extraño.

Antes tenía una libreta donde los apuntaba para tratar de descifrarlos​, pero hace tiempo que ya no lo hago.

Te lo voy a contar ¿vale?

Sé que no te importa un carallo lo que sueñe o deje de soñar.  

O si sigo viva o si ya me he muerto [sigo viva btw]

Y es probable que ni leas este correo tan siquiera. 

Pero me apetece escribirlo. 

Y enviártelo. 

No recuerdo muy bien qué pasaba exactamente en el sueño. Creo que algún tipo de catástrofe natural o algo así. Un terremoto o un incendio en la ciudad, no lo sé. Solo sé que yo estaba en medio de una calle entre edificios muy altos y que llevaba puesta una blusa azul y unos pantalones de traje negros [de eso sí me acuerdo bien, vai ti saber por que]​. Había mucho polvo y la gente corría y gritaba. También se oían sirenas y helicópteros. Estaba muy asustada y angustiada y trataba de huir hacia un lugar seguro cuando de repente alguien me agarró de la muñeca con fuerza. Era un chico alto que me miraba con los ojos muy abiertos. No lo conocía. Jamás lo había visto en mi vida. No me sonaba su cara para nada. Pensé en alguno de mis primos lejanos o ​en ​alguien que había conocido por ahí alguna noche, pero no. No conseguía identificarlo. Aunque no fuese capaz de reconocer su aspecto físico, yo sabía que lo conocía de algo. ​Y ese chico raro me dio mucha paz y mi sensación de angustia desapareció del sueño.


Cuando me desperté, antes de saber cómo acababa todo,​ en esos cinco o diez segundos que no sabes muy bien si sigues soñando o no, me quedé loca.

“Hostia. Era J” pensé. Me senté en la cama con el ceño fruncido y pensé de nuevo “¿Pero y esto?¿Qué hace colándose en mi subconsciente ahora?”

Pues no lo sé.

Pero eras tú, en mi sueño apocalíptico​, con otro cuerpo y otra cara. Pero tú.

P.S: te juro que pagaría por ver tu ​mirada de horror cada vez que recibes uno de estos crazy mails en tu bandeja de entrada.

Jo, no​ te lo tomes a mal ​por fa.

Es que me sale escribirte así de vez en cuando.

R.

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