Fuck my mind.

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Martin (Hache), Adolfo Aristarain (1997)

Conocí a C por Instagram.

Pura casualidad algorítmica, lo juro. De hecho, había borrado Tinder hacía un par de semanas por temas de espacio en el móvil. Necesitaba sitio para Uber, qué le quieres, prioridades del primer mundo. Yo estaba muy tranquilita en el norte. Así que cuando C respondió a mi stories con un argumento sobre el papel de las influencers en las mentes adolescentes, yo me estaba dejando sorprender por la vida. Leí su mensaje un par de veces. Léxico, gramática y silogismos correctos. Breve stalkeo por el feed. Ojos bonitos. Uhm…no está mal. Decidí darle una oportunidad al chaval.

C era igual que el resto pero tenía algo diferente. No sabría decirte exactamente el qué. Quizás era una mezcla extraña entre naifismo y guarrería postadolescente. Una manera de hilar y asociar temas que me parecía muy estimulante. No sé. Me gustó. Nos gustamos. Sin más vueltas al asunto. Como tienen que ser estos temas.

El caso es que C y yo pasamos varias semanas follándonos las mentes al ritmo que nos daban los pulgares y el wi-fi. Que si multichat, que si videollamadas, imágenes, gifs, videos, notas de audio…Fue como una especie de calentón virtual más propio de Her que de la real life. No pudimos quisimos pararlo. Mezclar la dopamina propia de la instant gratification de las RRSS con la dopamina propia de la estimulación mental humana fue un cóctel demasiado duro como para que dos cerebros hambrientos de novedad dijesen que no.

La historia pudo haber quedado ahí, en un par de arrobas que se mandan mensajes subidos de tono codificados en diferentes servidores repartidos en vete tú a saber qué parte del mundo. Pudo haber quedado todo en un par de peces-gato que se mienten en la distancia y fingen tras una pantalla, ser quien no son. Sí, la historia pudo haber terminado mucho antes de empezar. Pero C y yo, insaciables estúpidos pobres humanos, quisimos traducir el juego al mundo real. Y entonces todo hizo PUM!

(…)

Quedo con C un viernes por la noche en medio de la pasarela del Centro Comercial. De todas las dudas que me persiguen de camino, el olor de C es la que más me intriga. Normalmente suelo clasificar a las personas por la manera en la que huelen. Pero C, para mí, era una persona sin olor. Inolible. Durante el tiempo que duró nuestro affair virtual, fui capaz de imaginármelo físicamente pero recrear su olor me resultaba algo imposible. Y eso me ponía muy nerviosa.

Nada más pisar el puente, saco el teléfono del bolso y llamo a C:

-Estoy muy nerviosa

-Yo también

-¿Ya estás en la pasarela?

-Sí.

-Yo también.

-¿Qué se supone que tengo que hacer cuando te vea?

-Y yo que sé. Tú eres Bajolafalda, tendrás experiencia en estas cosas.

-Boh. Cállate.

-Creo que te veo.

-Ay, yo también, no me cuelgues.

A la mitad del puente, con el teléfono todavía en la oreja levanto la vista y me quedo pegada a un par de ojos azules [sí, C, ya sé que son verde-grisáceos, pero esto ya es todo ficción, ¿vale?]. Besar, tocar, abrazar y oler a C allí mismo, sin doble check, supera todas mis cínicas expectativas. Nos miramos con una mezcla abrasiva entre ternura y dureza. Queremos más. Ahora. Ya mismo. Tan inmediato como en el mundo virtual.

Los siguientes días transcurren como como una olla a presión que cocina sexo, paseos, mensajes y saliva, mucha saliva a mucha, mucha temperatura.

Y entonces, un domingo de invierno, mientras suenan Los Planetas y C y yo hablamos de la logística de nuestra existencia, la vida sube un punto más la intensidad y todo vuela por los aires.

Ni C ni yo sobrevivimos a la explosión.

Pero qué bonito,

joder qué bonito

fue

jugar con fuego.

 

P.D: C, escribo esto porque en parte sé que te hará ilusión salir en el blog. Además es la primera vez en la historia de bajolafalda que utilizo una inicial real.

P.D2: Lo que no sé si sabes es que cuando escribo algo en el blog, significa que la realidad ya se ha convertido en ficción.

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My bell jar

 

Sylvia Plath (Massachusetts 1932- London 1963)

Sylvia Plath (Massachusetts 1932 – London 1963)

Una persona a la que quiero y admiro mucho me dijo hace unos meses:

“R, ¿por qué subes esos videos en Instagram tan oscuros y extraños?

Tú no eres así de dark, ¿no?”

Ya te dije hace tiempo que aquí no todo es fiesta, ni cositas pringosas y brillantes bajo la falda, ni noches intensas. Ni todo son amores de verano ni chicos de sonrisa picante. No.

Te lo advertí. Ya te dije hace tiempo que aquí también hay mierda. Sí, mierda gorda. Mierda que también forma parte de quién soy. Mierda que también quiero enseñarte porque no quiero que te lleves una impresión errónea de mí. Oh no, entonces todo esto sería pura ficción y para qué. Sería una utopía. No sabrías quién soy en absoluto.

Quiero que me conozcas cómo soy cuando la vida se me estampa en la cara con el ruido de un plato lanzado contra la pared. Cómo, a veces, una campana de cristal se me coloca invisible alrededor de la cabeza y hace que me ahogue en mi propio aire enrarecido. Cómo noto que me quema la cabeza, cómo siento que me arde el pecho y me cuesta respirar. Cómo el mapa que tenía perfectamente dibujado sobre mi mesa, se destroza en mil pedazos y entonces ya no sé ni quién soy ni en dónde estoy ni a dónde quiero llegar. Quiero que sepas que cuando esto pasa, me acurruco bajo la mesa como una niña asustada y lloro durante horas, durante días.

Quiero que me conozcas cuando soy todo lo contrario a sexy. Cuando me paso días sin quitarme el pijama y sin lavarme el pelo, tumbada en la cama, quietecita, deseando desaparecer durante meses, durante años.

Quiero que me conozcas cuando no me brillan los ojos, cuando no bailo en la ducha, cuando estar a mi lado es como mirar a un pozo oscuro. Quiero que me conozcas cuando le mando whatsApps a S diciéndole que necesito hablar. Que no sé qué me pasa esta vez. Que ya está aquí la nube negra de nuevo. Que tengo miedo. Que no sé qué hacer. Que gracias por estar al otro lado del teléfono a tantos y tantos kilómetros.

Quiero que me conozcas cuando toco fondo. Una y otra vez como una bolla que no termina de hundirse ni de salir a flote. Cuando estoy atrapada en el centro del huracán. Cuando duelo. Cuando sangro. Cuando lloro. Cuando grito. Cuando doy puñetazos a la pared y me hago daño en los nudillos. Cuando bajo las persianas. Cuando escucho a Jason Molina. Cuando lleno hojas de diarios de preguntas sin sentido. Cuando abro libros y tras leer dos páginas los cierro y los lanzo lejos, fuera de mi vista.

Quiero que me conozcas entera. Cuando brillo como el sol y cuando soy oscura como la noche. Cuando me río a carcajadas y cuando lloro a moco limpio. Cuando ligo en Tinder y cuando no hablo con humanos en días. Cuando soy ligera y cuando soy pesada.

Y sí, P, subo videos oscuros a Instagram porque, a veces, soy oscura. Y esa oscuridad es tan “yo” como todos los colores del mundo.

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About how I met J, the writer, and we almost ran away to New York.

Hay historias que nacen para ser vividas y hay historias que nacen para ser contadas.

Lost in Translation, Sofia Coppola

Lost in Translation, Sofia Coppola (2003)

Conocí a J mucho tiempo antes de que J me conociese a mí. Eso es jugar con ventaja, lo sé, lo sé. Por eso me voy a permitir el lujo de contarte qué es lo que pasó entre nosotros este verano en San Sebastián.

Empezaré por decirte quién es J [que también podría ser H o M o T]

J es escritor y tiene una columna bastante conocida en una revista de esas que compras durante algún viaje solamente por el placer de pasar páginas y distraerte mirando chicas monas perfectamente retocadas. Hace años, J también escribía en un blog que yo leía a escondidas en mi antiguo trabajo. Por las mañanas, al llegar a la oficina y nada más encender el ordenador, colaba su pestaña entre las mil y una de mi navegador para, muy poquito a poco [como quien se come un brownie a mordiscos pequeños para que dure más] leer párrafos que me arrancaban de aquel sótano infernal y me llevaban de la mano a los mejores bares de Madrid, a las mejores hamburgueserías de Nueva York, a fiestas en azoteas con gente muy guapa y muy bien vestida, a veranos en la playa, a historias trasnochadas de gin tonics, chicas peligrosas y taxis de madrugada. De verdad, no sé qué hubiera sido de mí durante aquella época sin J y sus fugas de ficción.

Mucho tiempo después de descubrir su blog y en un ataque de valentía online, le escribí a J por Instagram hablándole de bajolafalda. Le escribí para decirle que me gustaba. No él, sino lo que escribía [que supongo que es lo mismo, ¿no?] Y para mi sorpresa [que solo pude compartir con mi amiga S porque nadie más leía a J] J me respondió diciéndome que también le gustaba. No yo, sino bajolafalda [que supongo que sigue siendo lo mismo, ¿no?]

Resulta que este verano me quedé en el norte y estuve pasando una temporada en San Sebastián, ciudad donde vive J. Una tarde, paseando por la playa y en otro ataque de valentía on-off-line mezclada con un poco de picaresca estival, escribí a J para preguntarle si le apetecía quedar para tomar un café y conocernos en persona. Ay yo que sé, son arrebatos que me dan. Escribirle a desconocidos siempre ha sido uno de mis pasatiempos favoritos. Ah, todavía no te he contado que J escribe bajo pseudónimo y que no hay ni rastro de una fotografía suya en toda la faz de Internet. No saber cómo era J en persona solo disparaba mi curiosidad más y más.

J respondió a mi mensaje  invitándome a la presentación de su primer libro en el Ateneo de San Sebastián. Cuando entré en aquel lugar y vi a J, al J de carne y hueso, pensé “vaya, exactamente todo lo contrario a lo que me había imaginado”. Me pasé toda la presentación observándolo desde la distancia: su pelo perfectamente peinado, su americana impoluta, cómo movía las manos al hablar, el brillo tímido en sus ojos, esa sonrisa gigante y bonachona. Ni rastro del escritor canalla de mirada chispeante que me había estado imaginando durante aquellos años. Expectativas, R, pensé, siempre te la juegan y sigues cayendo again and again.

Nada más terminar la presentación y movida por un impulso extraño, hice lo que jamás pensé que habría hecho: ponerme a la cola, rodeada de fans y esperar mi turno para que J me firmase un ejemplar de su libro.

Nada más llegar al hotel, me descalcé, me tumbé en la cama y abrí el libro por la primera página. Había tres líneas escritas con una caligrafía más de médico que de escritor:

Sábado 22 23.30 | Bar Canela | J


Abro la puerta del bar.  Son las 23:45. Llego tarde. He tenido problemas para encontrar la calle. No importa cuantos gadgets geolocalizadores lleve encima, siempre me las apaño para perderme. Recorro la sala con la vista y veo a J sentado con la cara iluminada por la pantalla de su móvil. El bar es antiguo, con luz tenue y suena jazz de fondo. Durante una milésima de segundo dudo si salir corriendo o no. “Ya que has llegado hasta aquí, R, no la cagues nena…” me sacudo a mí misma mentalmente. Avanzo  hasta llegar a la mesa y mientras me quito la chaqueta y la dejo sobre la silla pronuncio un apresurado y tímido “perdón, llego tarde. Siempre me pierdo”.

Me siento frente a J. Me mira y me sonríe. Le miro y le sonrío. Tengo miles de preguntas que hacerle y de repente no me sale ni una sola palabra. Me revuelvo en la silla, me toco el pelo con nerviosismo y entonces un camarero aparece en mi salvación. Pido un gin tonic. J otro. Me río. Digo que estoy un poco nerviosa. J dice que él también un poco, que esto de salir del mundo online al offline nunca ha sido su fuerte. Nos miramos compadeciéndonos el uno del otro y nos sonreímos. De repente, algo hace clic y la conversación se destapona empezando a fluir suave y tranquilamente. Casi al mismo ritmo que los gin tonics.

J y yo hablamos de ciudades en las que jamás hemos estado, de canciones que nos recuerdan a ciudades, de libros que nos recuerdan a canciones, de trabajo y de proyectos que vendrán. Hablamos y nos reímos del círculo literario, de los poetas 2.0, de nuestras playas favoritas y de nuestras adolescencias raras. Hablamos y hablamos y las palabras parecen no acabarse nunca. Hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación tan extraña de creer que puedo pasarme horas y horas hablando con alguien sin cansarme.

Pero al segundo o tercer gin tonic se me cruzan dos neuronas y una parte de mí mueve ficha y se tira a la piscina de cabeza:

– Mierda, lo siento, pensé que esto no pasaría. Me prometí a mí misma que me iba a comportar pero, joder, es que tengo unas ganas terribles de besarte.

J mira su copa fijamente. Yo pongo los ojos en blanco sin que me vea y me maldigo a mí misma. Ahora sí tengo ganas de levantarme y salir corriendo.

-Me voy a Nueva York pasado mañana. Por trabajo – dice mientras levanta la vista lentamente y apoya sus ojos en los míos.

Nos quedamos unos instantes en silencio. Creo que los dos estamos paladeando esas frases sin sentido que acabamos de echar sobre la mesa.

– ¿Te vienes conmigo? – me dice poniendo una mano sobre la mía.

Noto un cosquilleo caliente que me recorre por dentro. Mis malditas neuronas siguen trabajando a buen ritmo.

– ¿Haremos el amor en Nueva York? – digo acercándome un poco más hacia delante y terminado de tirarme a la piscina.

-También en Nueva York, sí.

Sonreímos a cámara lenta y con ojos vidriosos. Pagamos la cuenta con prisa y salimos de aquel bar con tan solo una promesa en los bolsillos. Es julio pero ya hace frío en el norte. J me coge de la mano y nos vamos caminando hacia la playa. Yo apoyo mi cabeza sobre su hombro izquierdo y aspiro el olor de su colonia. Huele a Nueva York.

 

 

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About how I met M in Tinder and how we tried to have sex.

Chloe Sevigny in American Psycho - Mary Harron (2000)

Chloë Sevigny in American Psycho (2000)

Conocí a M en Tinder.

Resulta que el domingo pasado por la tarde estaba de resaca, la conexión de la casa en la que vivo ahora no tiraba para HBO, Spotify parecía una CD pegajoso en bucle, me dolía la cabeza como para ponerme a escribir y en la calle estaba el ambiente muy agitado por el 1-O. Descargarme Tinder desde la trinchera de mi cama y pasarme la tarde haciendo swipe lefts me pareció la mejor opción.

Mi primer swipe right fue con M.

Comprobé rápidamente sus fotos. Edad: 35. Bien. Ningún selfie en el espejo. Bien. Nada de músculos en primer plano. Perfecto. Solo momentos con amigos, filtros “felices” y sonrisas a cámara. Ahá, pensé, no está mal este M.

Yeah! Match!

Empezamos a hablar. Como era una novata en esta tecnología sexual, le pedí a M que me explicase cómo funcionaba aquella aplicación. Más bien qué se suponía que debía hacer. Entre los dos, y a golpe de multi-chat, llegamos a la fórmula mágica de Tinder: chequear Instagram, pedir número, quedar para “café”, sexo, fin. Pregunté inocentemente si podíamos saltarnos el café, porque para qué. Obtuve un “jajjja” por respuesta. En el momento no lo entendí. Ahora sí.

Un par de horas más tarde yo ya tenía ganas de convertir aquel domingo melancólico y lluvioso en todo un domingo de turismo sexual. Me vine arriba muy rápidamente y salí de casa a las diez con un poco de maquillaje para disimular la resaca. M y yo seguimos el protocolo pero cambiamos el café por cena. Y a los 10 minutos de pagar la cuenta, caminando por Barcelona hacia ningún lugar, se me ocurrió la fantástica y maravillosa idea de preguntarle a M:

¿Y ahora qué te apetece hacer? 

(…)

M vivía solo. Su casa, en el barrio de Sant Gervasi, era bonita, con ladrillo en las paredes del salón y abrigos de invierno colgados en un burro a los pies de la cama. Me recordaba a los típicos lofts de Nueva York que se ven en las revistas. Pero sin ser Nueva York y sin ser un loft. Mientras M iba al baño y yo fingía esperar pacientemente sentada en el sofá, corrí a inspeccionar su librería: Proust, Dostoyevsky, Nietzsche…  Bien, M. Filtro aprobado. Podemos continuar.

Lo que en mi mente iba a ser una noche de perversión, desenfreno y gemidos obscenos, derivó en una demoledora y profunda conversación sobre el sentido de la vida. Boca arriba en la cama, con mi body de encaje estratégicamente escogido, escuché más de una hora a M. Me contó cómo notaba que su vida pasaba delante de sus ojos como una película en la que él no era el actor principal, cómo todo le sabía todo a poco, cómo se detestaba a sí mismo, cómo el nihilismo lo había atrapado por los pies. Yo, conteniendo las lágrimas en un susurro, le hablé sobre la ligereza, sobre la vida bonita, sobre el sol, la luz, la música, sobre reírse a carcajadas sin motivo, sobre la belleza, sobre cómo me di cuenta de todo esto cuando ya había tocado el fondo más fondo de los fondos.

Quise darle muchos besos a M. Por toda la cara. Por todo el cuerpo. Abrazarlo fuerte. Hacerlo reír. Acariciarle la mejillas y decirle al oído que tranquilo, que todo iba a salir bien, que la vida es una sorpresa, que las noches acaban y que los días empiezan de nuevo. Quise decirle que hiciésemos el amor. Una vez, dos, tres veces. Que nos corriésemos juntos en aquella cama. Que durmiésemos abrazados, que no fuésemos el lunes a trabajar.

Pero no. No hice nada de eso porque M parecía no escucharme, parecía estar a nueve mil kilómetros. Muy lejos de allí.

Cuando terminamos de hablar nos vestimos y M quiso enseñarme un lugar antes de que me marchase. Subimos a la azotea de su edificio. Se veía Barcelona de noche. Preciosa. Nos fumamos un cigarro en silencio. Y después:

Gracias, me dijo M al oído mientras me abrazaba. Supongo que necesitaba un poco de cariño. Yo también, me escuché contestando automáticamente.

Ya en el metro, de vuelta a casa, dos chorros de lágrimas se me escaparon de los ojos. Recordé mi abismo y lloré de la emoción de estar respirando aquí arriba, aquí dónde brilla la luz. Mientras cogía mi teléfono del bolso y pulsaba el botón de “eliminar contacto”, M, tumbado en su cama de nuevo, desbloqueaba el teléfono. Un fondo blanco con una llamita naranja iluminó sus ojos cansados.

Swipe left.

Swipe left.

Swipe left.

 

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Les amours imaginaires

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Patti Smith and Robert Mapplethorpe

Me desperté temprano por la mañana y salí al balcón descalza.

Llovía.

Oh Dios mío! Por fin llovía. Por fin un poco de aire fresco después de este verano aplastante. Después de este verano asfixiante de asfalto e interior.

El olor a lluvia y a tierra mojada empezó a colarse dentro de mí. A meterse por mi nariz, por mi boca, entre mis piernas. Ay, ese olor suave y ligero que huele a todas las flores pero a la vez a ninguna. Un olor tan lleno y tan vacío. Un olor que me encanta y que odio. No sé muy bien por qué. ¿Será porque es un olor triste y a mí me llena de felicidad?Supongo que esa sensación contradictoria pone en jaque a mis emociones.

Me senté a escribir pero no me salía ni una palabra de los dedos.

El olor a lluvia me había dejado seca.

Y entonces, sin previo aviso, un trueno estalló tras la ventana y huracán de imágenes me atravesó la cabeza como una corriente eléctrica. Mi vestido trasparente de la noche que nos conocimos. Tú hablando por teléfono al lado de la fuente. Yo lanzándome a tu boca como quien salta de un avión sin paracaídas. Tu mano izquierda sobre mi pecho derecho. Mi mano izquierda en el bolsillo de tu abrigo. Fotos de aeropuertos. Fotos de ciudades que jamás conoceré. Yo tumbada en mi cama hablando contigo en inglés. Yo caminando por la calle escuchando a Nikki Lane. La pantalla de mi ordenador con tres líneas de respuesta y un adiós. Tú mirándome sin verme. Yo gritándote en silencio. Los 20cm. de la barra del bar.

El trueno paró y empezó a llover con muchísima fuerza.

Salí de nuevo al balcón y dejé que la lluvia terminase de mojarme las mejillas.

Me sorprendí por primera vez sonriéndote a miles de kilómetros de distancia.

Saque la lengua y dejé que unas cuantas gotas de lluvia se posasen sobre ella. Tragué la pequeña cantidad de agua y, mientras alzaba una copa imaginaria al cielo, dije en voz alta:

“Por los amores imaginarios”

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Your new girl

alfie

Alfie, Charles Shyer (2005)

Estaba en la playa, sentada en la arena, chapoteando con los pies en la espumilla del mar Cantábrico pensando en que no debería estar pensando en ti. A veces me pasa, no sé, es la misma sensación como cuando te metes en cama de día, después de haber estado toda la noche de fiesta. Los oídos te pitan al ritmo de los altavoces de la discoteca pero tú te concentras en bajar la persiana, atrincherarte bajo el nórdico y tratar de dormir. Pues eso mismo me pasa a mí contigo, todavía te cuelas de vez en cuando como un ronroneo ligero. Cuando me doy cuenta de que tu nombre ha vuelto a hacer de las suyas aquí adentro, sacudo la cabeza fuerte, de lado a lado, queriendo deshacerme de tu recuerdo a toda costa.

Pero he de confesarte que hay veces que no soy capaz. No, no puedo, ¿vale? Hay veces que me rindo. Que me dejo llevar. Hay veces que caigo en la melancolía y me dejo arrastrar bien abajo, movida por una mezcla maligna y jugosa de tristeza y excitación. Qué tendrá la melancolía que engancha tanto, por dios santísimo. Pues sí, hay veces que tiro del recuerdo, cruzo a nado el Atlántico, salto de un Washington al otro y te sigo con la mente.

Normalmente y si estoy en casa, para hacer el proceso todavía más doloroso, me cuelo en tu perfil de Spotify y rastreo tus listas de reproducción para tratar de averiguar algo sobre ti, sobre cómo estás después de todo este tiempo. Es algo horrible, lo sé, casi demencial. Además tengo que hacerlo con mucho cuidado de no dejar rastro para que no sepas nunca jamás que estoy husmeando tus huellas digitales. Trato, por supuesto, de no apretar ningún botón más de la cuenta. Husmeo tus listas de reproducción, decía, y me imagino a qué chica se la habrás creado esta vez. Doblemente demencial, sí. En la pantalla de mi ordenador aparece la lista que me hiciste a mí el invierno pasado con todas esas canciones bonitas y, al lado, otras listas diferentes, con nombres encriptados y secretos. De esos que no dicen nada pero lo dicen todo si se leen con los ojos que tienen que leerse. Entonces dejo de pensar en ti y solo pienso en ella. En esa chica rubia [de bote] de nombre Maggie o Nikki o Tracy que siempre tiene las uñas perfectas, que ha estudiado en alguna súper universidad de alguna de las dos costas [o de las dos], tiene un trabajo en el que gana muchos K’s y conduce un coche gigantemente grande, gigantemente caro. Pienso en Maggie o Nikki o Tracy y en lo bien que le va la vida. Y a veces pienso en ti, sentado en tu sofá de IKEA de tu apartamento perfectamente enmoquetado, añadiendo canciones a la lista de reproducción mientras le escribes a Maggie o Nikki o Tracy un mail diciéndole que no sabes por qué pero crees que te estás enamorando de ella. Después os veo tomando café en una cafetería que a veces es cafetería y a veces es radio y veo como Maggie o Nikki o Tracy te sonríe con su dentadura perfecta [de muchos K’s también] y tú le apartas un mechón de pelo rubio [teñido] detrás de la oreja. Veo cómo os besáis con ternura y cómo os desnudáis en su apartamento porque Maggie o Nikki o Tracy es una chica insulsa pero no está tarada ni da la lata, además está tremenda y esquía desde que tiene uso de razón. Pero qué maravilloso todo, pero qué bonito. Hacéis una pareja perfecta. Creo que voy a vomitar.

Imagino todo esto mientras escucho la música de tus listas de reproducción de Spotify y, con lágrimas en los ojos [de no sé muy bien qué sentimiento] me río a carcajada limpia de lo patética que soy. Después dejo de flagelarme y pongo Shake it Off de Taylor Swift mientras bailo desnuda por la habitación y me miro en el espejo. Cojo mi móvil y le escribo un mensaje a M:

“Tío, acabo de tener un momento muy Bridget Jones. Pero ya se me ha pasado. ¿Me arreglo y bajamos a tomar un gin-tonic?

P.D: Si alguna vez llegas a leer esto, que no creo porque huyes de mí como si tuviese la peste negra, que sepas que lo escribo desde el cariño. Que ojalá Maggie o Nikki o Tracy y tú seáis rabiosamente felices, os compréis una casa enorme con porche, un coche familiar [otro] y tengáis tres hijos preciosos, súper inteligentes. También que ojalá Maggie o Nikki o Tracy consiga pronunciar correctamente la C del apellido de vuestros preciosos retoños. Ojalá que les cuentes algún día a tus nietos cómo no deben enamorarse jamás de una loca mientras les pones una canción de los Planetas y te acuerdas remotamente de mí que estaré vete tú a saber dónde, vete tú a saber con quién.

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So sad. So lost.

Frances Ha, Noah Baumbach (2014)

Frances Ha, Noah Baumbach (2014)

It was a random Sunday morning.

I was sipping my black tea at the bar.

So sad,

so lost.

My head was a kind of whirlwind,

spinning around and around.

Not holding to anything

not holding to anyone.

It was cold outside,

maybe rainy.

I did not care, actually.

It has been a long time since all I could hear were thunders inside my chest.

All I dreamt about was to take a one-way ticket to an island called nowhere.

F came at 12.

On time.

He ordered a coffee and a toast.

He bit his bread while staring at my face.

I could feel those big green eyes scanning my cheeks,

my watery eyes,

my cheap red lipstick,

the deep line in my forehead.

I have to leave

Our eyes crashed each other like two stars about to die

Ok, I replied, where are you going?

No. he said. I have to leave you.

But…

No buts. Please, I can’t give you any reason now. Take care R.

He stood up and looked at me one last time.

I could not understand that look.

[Still can’t one year later]

My head stop spinning when he left the bar.

Then,

just

silence.

I took his cup between my hands and licked with my tongue his side.

Oh. He had forgotten to give me one last kiss.

I thought.

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