“Demasiado rebelde, Rebeca”

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Estábamos en el andén de la estación de tren. Llovía bastante y habías insistido en acompañarme y llevarme la maleta mientras yo nos tapaba a los dos con aquel paraguas color beige que había robado, bueno, tomado prestado, del bar de la esquina.

Charlábamos con calma, como cualquier otro día, sobre tonterías varias de la vida. Igual que esas tardes tontas de agosto en las que te quedas al borde de la piscina leyendo un libro que no sabes si te está encantando o te está pareciendo una auténtica mierda. Esas tardes en las que estás tan concentrado en hacer nada que no te das cuenta del enorme tormentón que se está formando a lo lejos. Y cuando llega, ya es demasiado tarde para ponerse a cubierto.

La tormenta llegó con aquellas dos frases que pronunciaste minutos antes de que llegase mi tren. Bueno, más bien, las frases tuvieron poca importancia. Lo que de verdad me atravesó como un rayo eléctrico fue el silencio entre ellas. Un silencio breve, muy breve, casi imperceptible, que coincidió con tu caída de ojos lentamente desde los míos, hasta el suelo. Como negándome, como abandonándome, como apartando la vista de mí. Creo que tú no te diste cuenta. Pero yo sí y por eso te lo cuento.

Continuaste hablando como si nada hubiese pasado mientras yo trataba de masticar lo que acababa de ocurrir. La prueba final sobre la que tantos años llevaba sospechando. La prueba de que tú perteneces a un mundo y yo a otro totalmente diferente. La prueba de que tu vida y la mía estaban pintadas con colores totalmente opuestos. Toda la verdad sostenida en tres segundos y medio. Toda la verdad allí al aire, delante de mis narices. Tenía tan solo dos opciones. Podía verla o podía apartarla, como quien aparta una mosca, y seguir engañándome a mí misma.

Cuando el tren empezó a asomar la cabeza a lo lejos, me abrazaste fuerte, poniendo tu mejilla al lado de la mía como tantas otras veces. Me besaste en la sien porque pensabas que la boca seguía siendo territorio minado. Y en parte lo era pero en parte ya no.

“Cuídate por fa” te dije con un suspiro camuflado en una sonrisa.

Subí al tren y, en cuanto me senté en mi asiento, miré por la ventana. Tenías la cabeza agachada, habías cogido el móvil y seguramente estarías respondiendo a algún mensaje.

No viste cómo se me escurría una lágrima por el ojo izquierdo.

Y el tren se puso en marcha justo en el preciso momento en el que supe que jamás volvería a verte.

 

 

 

 

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Tres en tu cama.

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Mira, te cuento.

Bueno, mejor te resumo. Que si me pongo a hablar sobre este tema quizás acabe llamándote por teléfono para recordarte que compres limones e invitarte a cenar. Y a dormir. Y también a desayunar.

Resulta que en 2015 me comprometí conmigo misma a dejar de buscar una relación sentimental o laboral (que para mí, llámame loca, tienen mucho en común) hasta que no estuviese yo 100%completa y bien rellenita de amor jugoso por dentro. A ver, wait, déjame que te explique un poco porque estos temas abstractos y “hierbas” se me escapan chorreando por los dedos y poca forma soy capaz de darle. Básicamente me comprometí a solucionar yo sola (bueno, a veces con ayuda externa profesional) todos mis issues, mis traumas, mis carencias afectivas, mis ansiedades, mi baja autoestima y a atar firmes a todos mis miedos. En definitiva, me propuse como objetivo número 1 de mi to-do list anual, la tarea de limpiar mi roña mental antes de salir al mundo adulto. Quería entrar bien limpia y aseada en una relación (sentimental o laboral) y no apestando a carencia o a trauma mal gestionado. Quería darle a la persona o proyecto que iba a confiar en mí, paz, tranquilidad, risas, cachondeo y amor del bueno. Del puro. Del brillante. Del de verdad. Quería darle lo mejor de mí. Se lo merecía. Y para eso debía tomarme un tiempo, bastantes libretas y muchas lágrimas para encontrarlo. Y oye, aún sigo y seguiré trabajando en ello. Todos los días descubro roñita nueva por gestionar 😀

Quizás he llegado a esta conclusión, no lo sé, por la cantidad de embrollos sentimentales en los que me he visto envuelta en los últimos mmm… ¿10 años? Me he visto desnuda en medio de parejas, pidiendo noches de hotel en medio de matrimonios recién constituidos y aguantando en bragas de encaje el cubo de la basura emocional en medio de divorcios internacionales de estos de peleas entre abogados y casas de miles de dólares. Sí, un despropósito. Siempre en medio, siempre en el ajo, chica. Como si existiese alguna fuerza que me atraía hacia todos esos dramas. Como si existiese una mano invisible que me agarraba fuerte de la cabeza y me obligaba a ser testigo de toda esa feria sentimental con el único propósito de aprender la lección y no repetirla yo misma. Jamás.

He visto y sigo viendo cómo la mayoría de las parejas que me rodean son una pelea constante de bolas de mierda gigantes. Yo te escupo mi complejo de inferioridad y tú me devuelves tu daddy issue recubierto de falso poder. Tú me lanzas una carencia afectiva y yo te follo duro por detrás los sábados por la noche para poner un parche y tiramos millas. Tú no te soportas a ti misma, yo no me soporto a mí mismo y juntos no nos soportamos el uno al otro. Pero eso es mejor que estar solo. Entonces me dedico a enredar y a enviarle mensajitos cochinotes a Rebeca que seguro que esta noche cae, le sobo una teta y así me distraigo un poco de tanta mierda que me está ahogando en casa.

Ya, claro. Ahá. Y un huevo de pato, cielo.

Y es que la mierda es exponencial.

Si tú no limpias la tuya propia, se la pasas a tu pareja y si tu pareja no es capaz de limpiarla (porque tampoco es su responsabilidad), buscará a una tercera persona para pasarle la bola y así ad infinitum. Hasta que alguien diga “BASTA, hasta aquí hemos llegado”.

La verdad es que me da un poco de pena este panorama porque siento que en vez de disfrutar de nuestras relaciones, de nuestros cuerpos, de nuestras mentes y de nuestras vidas maravillosas y orgásmicas, nos dedicamos a mascar y escupir mierda. Día y noche. Aquí y allá.

Si todos nos comprometiésemos a ducharnos y asearnos mentalmente del mismo modo que nos duchamos y nos aseamos el cuerpo antes de salir de casa, nos ahorraríamos el 90% de los dramas sentimentales.

Podríamos, por fin, disfrutar y dejarnos llevar de verdad.

 

 

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El día que morí.

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Es domingo. Es diciembre. Es 2014. Alguien me obliga a levantarme a media mañana. Yo no he pegado ojo en toda la noche pero obedezco sin rechistar. No sé hacer otra cosa más que sentarme en el sofá de la salita pequeña con la mirada perdida y los ojos entre cerrados. Entra mucha luz por la ventana. Una luz blanca y limpia que jamás he visto en mi vida.

El día anterior a eso de las 4 de la tarde me había sucedido el episodio más desagradable, extraño, oscuro e inclinado de toda mi vida. Duró apenas dos minutos pero el eco sordo que escupió se ha quedado conmigo hasta hoy. Hasta este preciso momento en el que tecleo estas palabras, cuatro años y medio después. Sucedió así.

A eso de las 4 de la tarde del sábado bajo la persiana de mi habitación con la intención de echarme una pequeña siesta. Han sido semanas muy intensas de trabajo en el banal y absurdo mundo de la moda, llevo dos noches saliendo hasta las mil y la comida de las últimas semanas no me entra en la boca porque tengo una especie de nudo en el estómago permanente. Pienso que dormir es lo que necesito para recuperar el equilibrio, pero otra parte de mí, viciada por la falsa idea de felicidad, piensa que es una pérdida de tiempo. Quiero seguir trabajando, quiero seguir ganando dinero, quiero seguir comprándome mucha ropa, quiero seguir saliendo. Joder, quiero más, más y más. No sé dónde está el límite.

Y la vida, sabia ella, está a escasos segundos de mostrármelo con señales luminosas.

Cuando apago la luz de la habitación, se desata la tragedia dentro de mi cerebro. Empiezo a ver destellos de luces de colores, cierro los ojos con fuerza pero siguen ahí, detrás de mis párpados, acuchillándome las pupilas. Empiezo a escuchar voces que susurran mi nombre “Rebeca, Rebeca, Rebeca”. Son muchísimas voces en diferentes tonalidades, todas mezcladas con ruido de fondo. Me giro sobre mis talones pero no hay nadie detrás. Estoy sola. Salgo de mi habitación horrorizada y empiezo a buscar el origen de esas voces por toda la casa. Voy al salón y miro debajo de los sofás pero no hay nadie, voy a la cocina pero está vacía. ¿Qué coño está pasando? “Rebeca, Rebeca, Rebeca”. Intento beber un vaso de agua para tranquilizarme pero me tiembla tanto la mano que me mojo toda la camiseta. No sé qué está pasando, no sé qué cojones está pasando. Tengo muchísimo miedo. Me tapo las orejas pero las voces siguen de fondo. “Rebeca, Rebeca, Rebeca” Me siento en el suelo de la cocina, me abrazo las rodillas y empiezo a cantar una especie de nana mientras me acuno a mí misma.

Lo siguiente que recuerdo es que estoy tumbada en una cama. No puedo parar de temblar y de hacer movimientos espasmódicos con las piernas y los brazos. A mis pies, mi madre y mi tía me miran con cara preocupada. Escuchó algo de un test de drogas. Escucho algo de un hospital. Me oigo a mí misma hablando en tercera persona “Rebeca no ha tomado drogas” “Rebeca se va a poner bien” “Rebeca solo tiene que descansar”.

Pasa la noche en negro. No duermo. Estoy rígida sobre la cama. Cada nervio de mi cuerpo está en tensión por lo que acaba de ocurrir. Tengo tanto miedo que no soy capaz de moverme. Mi mente no responde, está rota en mil pedazos. Lo único en lo que puedo confiar es en mi respiración. Si sigo respirando, sigo viva. El resto es accesorio.

Alguien me obliga a levantarme a media mañana. Yo no he pegado ojo en toda la noche pero obedezco sin rechistar. El camino desde la cama hasta el sofá de la salita se me hace eterno. Que mi mente rota de las órdenes correctas para poner un pie detrás del otro me parece una tarea casi imposible. No sé cómo pero lo consigo. Me siento en el sofá y cierro los ojos. Y cuando los vuelvo a abrir ocurre el momento más mágico de toda mi vida. Veo la luz entrando por la ventana y es limpia y es blanca y es pura. Veo cada haz de luz descompuesto en mil colores. Veo la luz con mis ojos, la siento dentro de mí sin pasar por el filtro de mi mente. Es una experiencia mística, las putas puertas de la percepción allí mismo abiertas de par en par. Me pongo la mano delante de mi cara y la giro despacio, observo cada pliegue, cada centímetro de mi piel brillando bajo el sol. Los ojos se me llenan de lágrimas ante tanta luz. Ante tanta pureza. Ante la idea de pensar que estoy tan muerta y a la vez tan a punto de volver a nacer.


 

P.D: el cerebro es un órgano como otro cualquiera. Si no se trata y se cuida correctamente dándole descanso y alimento enferma y se rompe. Y créeme, no es nada agradable que se te rompa el cerebro. Menos aún a los 22 años. Así que come bien, descansa cuando notes fatiga, controla los estímulos y el estrés a los que lo sometes. Aprende a ponerte límites. Y si no quieres hacerlo, tranquilo, no pasa nada. La vida ya se encargará de hacerlo por ti 🙂

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Anoche tuve un sueño extraño.

Antes tenía una libreta donde los apuntaba para tratar de descifrarlos​, pero hace tiempo que ya no lo hago.

Te lo voy a contar ¿vale?

Sé que no te importa un carallo lo que sueñe o deje de soñar.  

O si sigo viva o si ya me he muerto [sigo viva btw]

Y es probable que ni leas este correo tan siquiera. 

Pero me apetece escribirlo. 

Y enviártelo. 

No recuerdo muy bien qué pasaba exactamente en el sueño. Creo que algún tipo de catástrofe natural o algo así. Un terremoto o un incendio en la ciudad, no lo sé. Solo sé que yo estaba en medio de una calle entre edificios muy altos y que llevaba puesta una blusa azul y unos pantalones de traje negros [de eso sí me acuerdo bien, vai ti saber por que]​. Había mucho polvo y la gente corría y gritaba. También se oían sirenas y helicópteros. Estaba muy asustada y angustiada y trataba de huir hacia un lugar seguro cuando de repente alguien me agarró de la muñeca con fuerza. Era un chico alto que me miraba con los ojos muy abiertos. No lo conocía. Jamás lo había visto en mi vida. No me sonaba su cara para nada. Pensé en alguno de mis primos lejanos o ​en ​alguien que había conocido por ahí alguna noche, pero no. No conseguía identificarlo. Aunque no fuese capaz de reconocer su aspecto físico, yo sabía que lo conocía de algo. ​Y ese chico raro me dio mucha paz y mi sensación de angustia desapareció del sueño.


Cuando me desperté, antes de saber cómo acababa todo,​ en esos cinco o diez segundos que no sabes muy bien si sigues soñando o no, me quedé loca.

“Hostia. Era J” pensé. Me senté en la cama con el ceño fruncido y pensé de nuevo “¿Pero y esto?¿Qué hace colándose en mi subconsciente ahora?”

Pues no lo sé.

Pero eras tú, en mi sueño apocalíptico​, con otro cuerpo y otra cara. Pero tú.

P.S: te juro que pagaría por ver tu ​mirada de horror cada vez que recibes uno de estos crazy mails en tu bandeja de entrada.

Jo, no​ te lo tomes a mal ​por fa.

Es que me sale escribirte así de vez en cuando.

R.

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Sex & Taxis

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Jeune et Jolie, François Ozon (2014)

Tengo 22 años.

Me despierto en una cama que no es la mía, tengo la boca seca. En realidad tampoco he dormido mucho. Cuando duermo con alguien que no conozco demasiado, alguien que no es una amiga, mi hermana o alguna de mis primas, me cuesta dejarme caer en el sueño. No sé, me quedo alerta, en un limbo extraño, como una boya que se hunde y flota intermitentemente sobre una cama llena de agua.

Me recuesto sobre el cabezal y compruebo que estoy sola en la habitación, sola en la cama. Compruebo también que, bajo las sábanas, estoy desnuda. Tan solo llevo puestos los pendientes y el anillo que me regaló la abuela.

De la cocina salen ruidos de desayuno, ruidos rutinarios y familiares que, de algún modo, siento que no debería estar escuchando bajo ningún concepto. Pero lo hago, porque estoy allí, sumergida entre sus sábanas color crema. Huelo el café recién hecho, escucho cómo saltan las tostadas del tostador e imagino cómo se derrite la mantequilla sobre el pan caliente. Mi estómago, siempre tan oportuno, lanza un sonido de socorro. Mientras lo hago callar, recuento mentalmente las horas que llevo sin comer. Más de doce. Tan solo deben de quedar los posos de todas las copas que me bebí. Muero de hambre.

Si afino un poco más el oído puedo sentir el sonido de sus muelas aplastando el pan, el contacto de sus labios con el borde de la taza y el ritmo de su lengua dando vueltas en la boca entre mordisco y mordisco. Subiendo y bajando. Exactamente lo mismo que hace unas horas, hacía conmigo. Al fin y al cabo, pienso, no debe haber mucha diferencia entre el desayuno y yo. Los dos somos tan solo comida.

Conocí a B unas cuantas semanas atrás. Una noche cualquiera en un bar cualquiera. Hubo una urgencia en su mirada, un regusto tan primitivo y animal que conectó enseguida con mi parte más vulnerable. B era casi veinte años mayor que yo. Pero ni eso, ni el hecho de que no fuese capaz de pronunciar mi nombre correctamente, me importó lo más mínimo. Estaba en ese punto de mi vida en el que ya todo me daba un poco igual. Vivía atrapada en una rutina bastante demoledora, en una película aburrida y de bajo presupuesto. Cuando B me dio la mano aquella noche para salir del bar, sentí cómo, si de repente, alguien hubiese cambiado de canal.

B es abogado. Vive en una casa de dos plantas con unos techos altísimos y una terraza pequeñita, perfecta. No puedo dejar de pensar en cómo había conseguido todo aquello porque digamos que B no parece un tipo muy listo. Quizás para triunfar en la vida no hace falta ser muy inteligente. Eso lo pienso ahora, a los veintidós, cuando todavía no sé qué es triunfar, cuando todavía no tengo ni idea de qué es la vida.

Tras escuchar cómo la taza, el plato y la cuchara se estampan contra el fregadero, B entra en la habitación y se sienta a los pies de la cama, dándome la espalda. Él también está desnudo. Nos quedamos así unos segundos, en silencio, mientras pienso que no era así cómo me había imaginado la escena. En absoluto. No sabía nada de aquel hombre extraño, tan solo habíamos intercambiado un par de palabras de rigor. Y aún así, había estado dentro de mí, vaya, y tan dentro. Pienso también en ella, en la mujer de B y busco con la mirada algún rastro de su existencia en la habitación. Nada. Ni una foto, ni un frasco de colonia, ni siquiera un eco lejano. Me acerco disimuladamente las sábanas a la cara para buscarla. Nada. Huelen a limpio. A hotel. A detergente que borra las culpas y a lavadora que se traga las noches. Los porqués.

B se pasa la mano por el pelo rizado, parece incómodo. Anoche era una bestia indomable y ahora tan solo emite las vibraciones de un cervatillo asustado. Suspiro. Me fijo en tres líneas rojas que tiene en la espalda. Debajo del omóplato izquierdo. Y entonces, de repente, se me vienen a la cabeza todas las frases que quise haberle dicho a B mientras me aplastaba con fuerza contra el colchón. Quise decirle que me sentía perdida, que me sentía sola. Quise explicarle que no sabía muy bien qué camino escoger o si coger algún camino o si quedarme quieta o qué se yo. Quise contarle cómo me iba en esa empresa en la que había empezado a trabajar unos meses atrás, jugando a ser mayor. Quise explicarle cómo no entendía nada, cómo el mundo se me estaba echando al cuello. Cómo, a veces, me sentía Sylvia Plath. Quise decirle que solo necesitaba que me acunase entre sus brazos, bien pegada a su pecho y que, mientras me colocaba un mechón de pelo tras la oreja, me dijese que shhh que todo iba a salir bien. Pero en vez de eso, me quedé callada. Me lo tragué todo. Un pequeño refugio pasajero era todo lo que buscaba y todo lo que no encontré en B. [Ni en H ni en J ni en L]

B abre el armario y comienza a vestirse con ropa de deporte. Todavía no me ha mirado. Dudo si quiera si sabe que sigo allí, agazapada en su cama. Se viste con prisa y me dice, por fin, que ha llamado a un taxi, que en diez minutos estará abajo. Salto de la cama y cazo mi ropa del suelo, desnuda, muerta de vergüenza. Me encierro en el baño y evito cruzarme la mirada en el espejo. Meo y me escuece. Maldita sea. Aún encima. Bebo un gran chorro de agua del grifo.

Salgo de la casa de B con la misma ropa que por la noche. Es domingo y llueve. Todavía me queda todo el día por delante para perderlo con calma. Hay un taxi esperando en la calle, a pocos metros del portal. Al menos no era una excusa, pienso. Por el retrovisor me clavo en unos ojos diminutos, arrugados por el tiempo. Le digo mi dirección al taxista y me callo todas las preguntas y todas las lágrimas que necesito soltar. Cállate, R, cállate por favor.

Nada más meter la llave en la cerradura de mi casa, sé que mi madre lo sabe. No sé por qué, pero sé que sabe exactamente de dónde vengo y de hacer el qué. Tenemos una extraña conexión umbilical que lo hace todo más sencillo. Cuando entro en la cocina, se limita a dejar de cortar carne con ese cuchillo gigante y a mirarme con una mirada que no consigo catalogar. Voy a la ducha, es todo lo que digo. Le daría un beso pero me da demasiada vergüenza que pueda olerme. Esta nariz prodigiosa es, sin lugar a dudas, herencia de mamá.

En la ducha, bajo un chorro de agua ardiente, me limpio con esmero cada rincón de mi cuerpo, dejando que la espuma se lleve todo eso que no se ve pero que yo siento como una baba espesa y cristalizada sobre mí. Me echo mucha colonia, mucho desodorante, me lavo muy bien los dientes y la lengua. Pero todavía hay algo que me sabe raro al final de la boca. El problema es que no sé decir muy bien si ese sabor me gusta o no.

Me escurro sigilosa en mi habitación, en mi cama, entre mis sábanas, con mi pijama rosa de niña. Me propongo quedarme dormida y no darle más vueltas al tema. Pero antes tengo que hacer dos cosas para poder quedarme tranquila. La primera es abrir mi libreta amarilla con páginas blancas y anotar  “Tengo 22 años. Me despierto en una cama que no es la mía.”

La segunda cosa que hago, tras dejar la libreta reposando sobre la mesilla de noche, es coger mi móvil, buscar el contacto de B y, con un sentimiento que me abrasa los dedos y  me lanza bolas de rabia hacia mi estómago, escribo: “al menos, podías haberme pagado el taxi. R.”

 

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Fuck my mind.

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Martin (Hache), Adolfo Aristarain (1997)

Conocí a C por Instagram.

Pura casualidad algorítmica, lo juro. De hecho, había borrado Tinder hacía un par de semanas por temas de espacio en el móvil. Necesitaba sitio para Uber, qué le quieres, prioridades del primer mundo. Yo estaba muy tranquilita en el norte. Así que cuando C respondió a mi stories con un argumento sobre el papel de las influencers en las mentes adolescentes, yo me estaba dejando sorprender por la vida. Leí su mensaje un par de veces. Léxico, gramática y silogismos correctos. Breve stalkeo por el feed. Ojos bonitos. Uhm…no está mal. Decidí darle una oportunidad al chaval.

C era igual que el resto pero tenía algo diferente. No sabría decirte exactamente el qué. Quizás era una mezcla extraña entre naifismo y guarrería postadolescente. Una manera de hilar y asociar temas que me parecía muy estimulante. No sé. Me gustó. Nos gustamos. Sin más vueltas al asunto. Como tienen que ser estos temas.

El caso es que C y yo pasamos varias semanas follándonos las mentes al ritmo que nos daban los pulgares y el wi-fi. Que si multichat, que si videollamadas, imágenes, gifs, videos, notas de audio…Fue como una especie de calentón virtual más propio de Her que de la real life. No pudimos quisimos pararlo. Mezclar la dopamina propia de la instant gratification de las RRSS con la dopamina propia de la estimulación mental humana fue un cóctel demasiado duro como para que dos cerebros hambrientos de novedad dijesen que no.

La historia pudo haber quedado ahí, en un par de arrobas que se mandan mensajes subidos de tono codificados en diferentes servidores repartidos en vete tú a saber qué parte del mundo. Pudo haber quedado todo en un par de peces-gato que se mienten en la distancia y fingen tras una pantalla, ser quien no son. Sí, la historia pudo haber terminado mucho antes de empezar. Pero C y yo, insaciables estúpidos pobres humanos, quisimos traducir el juego al mundo real. Y entonces todo hizo PUM!

(…)

Quedo con C un viernes por la noche en medio de la pasarela del Centro Comercial. De todas las dudas que me persiguen de camino, el olor de C es la que más me intriga. Normalmente suelo clasificar a las personas por la manera en la que huelen. Pero C, para mí, era una persona sin olor. Inolible. Durante el tiempo que duró nuestro affair virtual, fui capaz de imaginármelo físicamente pero recrear su olor me resultaba algo imposible. Y eso me ponía muy nerviosa.

Nada más pisar el puente, saco el teléfono del bolso y llamo a C:

-Estoy muy nerviosa

-Yo también

-¿Ya estás en la pasarela?

-Sí.

-Yo también.

-¿Qué se supone que tengo que hacer cuando te vea?

-Y yo que sé. Tú eres Bajolafalda, tendrás experiencia en estas cosas.

-Boh. Cállate.

-Creo que te veo.

-Ay, yo también, no me cuelgues.

A la mitad del puente, con el teléfono todavía en la oreja levanto la vista y me quedo pegada a un par de ojos azules [sí, C, ya sé que son verde-grisáceos, pero esto ya es todo ficción, ¿vale?]. Besar, tocar, abrazar y oler a C allí mismo, sin doble check, supera todas mis cínicas expectativas. Nos miramos con una mezcla abrasiva entre ternura y dureza. Queremos más. Ahora. Ya mismo. Tan inmediato como en el mundo virtual.

Los siguientes días transcurren como como una olla a presión que cocina sexo, paseos, mensajes y saliva, mucha saliva a mucha, mucha temperatura.

Y entonces, un domingo de invierno, mientras suenan Los Planetas y C y yo hablamos de la logística de nuestra existencia, la vida sube un punto más la intensidad y todo vuela por los aires.

Ni C ni yo sobrevivimos a la explosión.

Pero qué bonito,

joder qué bonito

fue

jugar con fuego.

 

P.D: C, escribo esto porque en parte sé que te hará ilusión salir en el blog. Además es la primera vez en la historia de bajolafalda que utilizo una inicial real.

P.D2: Lo que no sé si sabes es que cuando escribo algo en el blog, significa que la realidad ya se ha convertido en ficción.

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My bell jar

 

Sylvia Plath (Massachusetts 1932- London 1963)

Sylvia Plath (Massachusetts 1932 – London 1963)

Una persona a la que quiero y admiro mucho me dijo hace unos meses:

“R, ¿por qué subes esos videos en Instagram tan oscuros y extraños?

Tú no eres así de dark, ¿no?”

Ya te dije hace tiempo que aquí no todo es fiesta, ni cositas pringosas y brillantes bajo la falda, ni noches intensas. Ni todo son amores de verano ni chicos de sonrisa picante. No.

Te lo advertí. Ya te dije hace tiempo que aquí también hay mierda. Sí, mierda gorda. Mierda que también forma parte de quién soy. Mierda que también quiero enseñarte porque no quiero que te lleves una impresión errónea de mí. Oh no, entonces todo esto sería pura ficción y para qué. Sería una utopía. No sabrías quién soy en absoluto.

Quiero que me conozcas cómo soy cuando la vida se me estampa en la cara con el ruido de un plato lanzado contra la pared. Cómo, a veces, una campana de cristal se me coloca invisible alrededor de la cabeza y hace que me ahogue en mi propio aire enrarecido. Cómo noto que me quema la cabeza, cómo siento que me arde el pecho y me cuesta respirar. Cómo el mapa que tenía perfectamente dibujado sobre mi mesa, se destroza en mil pedazos y entonces ya no sé ni quién soy ni en dónde estoy ni a dónde quiero llegar. Quiero que sepas que cuando esto pasa, me acurruco bajo la mesa como una niña asustada y lloro durante horas, durante días.

Quiero que me conozcas cuando soy todo lo contrario a sexy. Cuando me paso días sin quitarme el pijama y sin lavarme el pelo, tumbada en la cama, quietecita, deseando desaparecer durante meses, durante años.

Quiero que me conozcas cuando no me brillan los ojos, cuando no bailo en la ducha, cuando estar a mi lado es como mirar a un pozo oscuro. Quiero que me conozcas cuando le mando whatsApps a S diciéndole que necesito hablar. Que no sé qué me pasa esta vez. Que ya está aquí la nube negra de nuevo. Que tengo miedo. Que no sé qué hacer. Que gracias por estar al otro lado del teléfono a tantos y tantos kilómetros.

Quiero que me conozcas cuando toco fondo. Una y otra vez como una boya que no termina de hundirse ni de salir a flote. Cuando estoy atrapada en el centro del huracán. Cuando duelo. Cuando sangro. Cuando lloro. Cuando grito. Cuando doy puñetazos a la pared y me hago daño en los nudillos. Cuando bajo las persianas. Cuando escucho a Jason Molina. Cuando lleno hojas de diarios de preguntas sin sentido. Cuando abro libros y tras leer dos páginas los cierro y los lanzo lejos, fuera de mi vista.

Quiero que me conozcas entera. Cuando brillo como el sol y cuando soy oscura como la noche. Cuando me río a carcajadas y cuando lloro a moco limpio. Cuando ligo en Tinder y cuando no hablo con humanos en días. Cuando soy ligera y cuando soy pesada.

Y sí, P, subo videos oscuros a Instagram porque, a veces, soy oscura. Y esa oscuridad es tan “yo” como todos los colores del mundo.

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